San Cristóbal de La Habana y un relato de los años 20

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.
Vista aérea de la bahía de La Habana

Revisando el interés y la amplitud de historias desarrolladas o inspiradas por La Habana presentamos aquí la historia de un diario de viajes, San Cristóbal de La Habana. Su escritor Joseph Hergesheimer nació en 1880 en Filadelfia y falleció en Nueva Jersey, ciudades ambas de Estados Unidos, en 1954.

El estilo abiertamente estético de este prolífico autor, como se catalogó su forma florida de narrar, rica en ornamentos decorativos, fue sin dudas su mayor virtud. Con nada menos que 20 libros en 20 años, cifra nada desdeñosa si tenemos en cuenta que comenzó a escribir relativamente tarde en su vida, pues con 34 años publicó su primera obra; la novela The Lay Anthony (1914).

No hablaremos en este caso de sus novelas, por las cuales fue más conocido, llegando a gozar un éxito notable con su obra Java Head (1919) reconocimiento que iría apagándose hacia el final de su vida.

Sino de su diario de viaje San Cristóbal de La Habana (publicado en 1920 en la ciudad de Nueva York por Alfred A. Knopf), donde comienza dejando patente su marca personal de escritura y que sería reconocible en el estilo descriptivo de ese decenio en obras como El gran Gatsby de F.S. Fitzgerald.

Hay ciertas ciudades, extrañas a primera vista, que quedan más cerca del corazón que del hogar… Acercándome a La Habana temprano en la mañana… mirando el color verde de plata de la isla que se alza desde el mar, tuve la premonición de que lo que iba a ver sería de singular importancia para mí… Indudablemente el efecto se debe al mar, al cielo y a la hora en que tuvo lugar mi presciencia…

La costa cubana estaba ahora tan cerca, La Habana tan inminente, que perdí el hilo de mi historia por un nuevo interés. Podía ver, baja contra el filo del agua, una fila de edificios blancos, a esa distancia puramente clásicos en su implantación. Fue entonces que tuve mi primera premonición sobre la ciudad hacia la que suavemente progresábamos.

Iba a encontrar en ella el espíritu clásico no de Grecia sino de un período algo tardío. Era la réplica de esas ciudades imaginarias pintadas y grabadas en una rica variedad de cornisas de mármol, dispuestas directamente hacia el mar calmo. Había ya perceptible en ella un aire de irrealidad que marcaba la costa que vio el embarque hacia Citerea*

Nada me habría hecho más feliz que una realización semejante. Era precisamente como si un sueño cautivante se hubiera hecho sólido… Oí entonces la voz de La Habana. Una voz en staccato, notable porque nunca, según supe luego, se hundía en la calma, sino que cambiaba a la noche para un clamor nada diferente y no menos perturbador…».

Página 1. San Cristóbal de La Habana. 1920

Con esta visión tan idealizada y poética comienza su recorrido Joseph Hergesheimer, pero esta descripción cercana a una ensoñación no debe alejarnos de los efectos tangibles provocados por La Habana en el visitante. La ciudad en esa época era pionera en multitud de aspectos, con barrios chinos y árabes unidos a la asentada mezcla de negros africanos y criollos.

Imagen de portada del libro San Cristóbal de La Habana editado en 1920.
Imagen de portada del libro San Cristóbal de La Habana editado en 1920.

La ciudad tenía para aportar al viajero lo que otras grandes urbes cosmopolitas; gracias a su diversidad étnica y cultural pero con la encantadora salvedad del sol constante, y hasta hiriente, que permitía disfrutar sin restricciones estacionales del encanto de su música, sus playas y su vida alegre.

Tras la primera descripción de la vista desde el mar continúa su relato Hergesheimer adentrándose esta vez el Hotel Inglaterra del cual nos obsequia una amable descripción.

“El vestíbulo profundo, con sus planos reflejos de luz atenuada y sus sirvientes vestidos de lino blanco; el patio, con su surtidor, sus arcos de irisados azulejos; el comedor de mármol, con las armas de Poncio Pilatos en un panel; el bronceado lustre de las baldosas y las grandes ventanas, que daban al Parque (Central) exactamente como yo lo había esperado, producían la sensación de un extraño dominio”.

Páginas 7 y 9 de San Cristóbal de La Habana. 1920

Finalmente, sin alejarse de su lirismo termina su viaje ya entrando en aguas de la Florida con la siguiente oda.

Un vuelo de peces alados se deslizó sobre el mar, y las nubes que seguían la Corriente del Golfo se volvieron rosa con la caída del sol; el horizonte sugería Florida. Una vez Cuba, considerada como la costa de la India, había sido el centro de Occidente, y Florida no más que una quimera: ¡qué irónicos eran esos errores y retrocesos!

Ahora era Juana que era legendaria, y Florida se parecía al significativo dedo en forma de gancho de un poder imponderable. El día se deslizó rápidamente en el agua que había perdido su azul por extensiones de verde calcáreo poco profundo, y los techos planos de Key West y sus arcos de mampostería se hicieron visibles lentamente a través del mar, y un movimiento de partida llenó las cubiertas.

Página 95. San Cristóbal de La Habana. 1920

Sin tener conciencia de lo que serían las siguientes décadas entre Miami/Florida y La Habana/Cuba es curioso como continúa rindiéndose al encanto habanero (y cubano) en el cierre definitivo de su cuaderno de viaje.

Por un momento me sentí deprimido por la definitiva partida de La Habana —porque el tranquilo pasaje me había parecido sólo una extensión de su espíritu— y por el inminente cambio de hombros de mi carga de responsabilidad. Nunca había querido eso, pero, sin elección, se me había impuesto abruptamente, una responsabilidad.

Cuando era joven busqué en vano una Habana perpetua, sin esperar nada más; y ahora, cuando mi juventud estaba muerta, había encontrado la perfección de mi deseo. Pero, como siempre, el descubrimiento fue demasiado tarde; no podía quedarme en los paseos cubiertos (la acera del Louvre), las plazas con árboles flameados y palmeras reales (Parque de la Fraternidad) o inactivo en una habitación de azulejos moriscos con una fuente goteando, con una bebida mágica; mi tiempo para las realidades de la encantadora libertad, la posesión de incontables días, se fue. Pero este estado de ánimo no era más que un gesto, un sentimiento, devuelto al romance.

Página 95. San Cristóbal de La Habana. 1920

El oasis habanero quedaba atrás, de vuelta al civilizado y caótico mundo Herghesemier evocaba los últimos instantes en el hotel y su recorrido.

*La descripción incluida en la primera cita no es al azar. Cytherea (por Citerea) era una isla griega dónde se adoraba a Afrodita, siendo conocida la diosa por este nombre también en diversas transcripciones. El autor retomaría esta línea de escritura posteriormente cuando en otro libro dedicado a Cuba y titulado Cytherea (1924) usara este término para tejer una historia de amor traducida al castellano como La mujer y su imagen, historia de amor y frustración (1944). Otra obra en la cual la isla está presente en su obra es The Brigth Shawl (1923) y de la cual, como con Cytherea, se hicieron adaptaciones cinematográficas.

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