Lola Cruz, la matancera a cuyos pies se rindió La Habana

Cecilia Borroto López

Graduada de Español-Literatura. Ha publicado en diferentes medios sus artículos, cuentos y poemas. Email: ceciliaborroto@gmail.com

Lola Cruz, conocida en su época como «la perla del Yumurí» debido a su belleza, era orgullo de Matanzas y de toda Cuba venían a conocerla. Pero La Habana también se rindió a sus pies cuando María de los Dolores Joaquina de la Cruz y Vehil visitó sus mejores salones.

Lola Cruz
Lola Cruz Vehill, La Damisela Encantadora

Lola Cruz nació en la Atenas de Cuba en 1840, su familia era de las más reconocidas y prósperas de la ciudad. Nunca le faltaron amor y cuidados, creció rodeada de halagos y lujos, pero esto no la envaneció ni apartó de su sed insaciable de conocimientos.

«Aprendió música, patrimonio entonces en Matanzas, de las familias de Diez y de Cortadellas, logrando ser una buena aficionada en el piano. Escribía en este arte cuanto encantaba a su oído con suma facilidad y por eso, quizás, cantaba con voz de contralto con gran afinación y dulzura. 

Además del inglés aprendido en el colegio, poseyó el francés y también el italiano.

Se hizo de una cultura sólida, gracias a su cabeza armónica y a su perseverancia y amor al estudio.»

de Ximeno y Cruz

Antes de visitar la capital ya era conocida en ella, pues sin haber cumplido los quince años fue proclamada Reina Lola I del Bando Rojo o Punzó (bandos de contendientes en las fiestas de Matanzas).

Lola Cruz
Lola Cruz. Retrato.

El acontecimiento traspasó a la provincia y desde otras zonas, incluída La Habana, eran seguidas las publicaciones periódicas, los bailes y todo lo relacionado con este motivo. A las fiestas principales llegaron habaneros para agasajar a la bella joven.

«Así era ella. Un efluvio secreto que emanaba de todo su ser, como especie de arte refinado, le proporcionaba con su tacto exquisito y su don de gentes, el medio de sacar partido de lo irremediable, como de hacer muy suave toda aspereza.»

de Ximeno y Cruz

Contó entre sus amistades a Gertrudis Gómez de Avellaneda, que celebraba su inteligencia, elegancia y atractivo. Y fue precisamente una de las encargadas de coronar a la insigne poetisa en los Juegos Florales de Matanzas en 1861.

Lola Cruz
Foto de Lola Cruz. Por Normand Fotos

En 1862 pasó una breve temporada en La Habana que le bastó para ser reconocida como una de las damas más exquisitas del país.

Al respecto cuenta su hija Lola María:


«Invitada mi madre por una familia amiga a pasar a la Habana, la del Dr. Unamuno y su esposa doña Susana Benítez, allí estuvo una veintena de días, que fueron de inacabables obsequios y halagos. La sociedad entera la colmó de agasajos, se dieron bailes en su honor, se la rodeó de una atmósfera de sin igual galantería, se le rindió inolvidable homenaje en bailes y saraos, tanto el elemento oficial que partía de la Capitanía General ocupada por los Duques de la Torre, Condes de San Antonio-hermosísima y mimada la duquesa-como del civil compuesto de la flor y nata del país, en que el derroche era fabuloso, igualándose a los sentimientos entusiastas de aquella juventud de nativa y excepcional grandeza, colocándola la moda en elevado pedestal y disputándose todos y cada uno el placer de festejarla más. De un baile de trajes efectuado entonces en Palacio, el 23 de Febrero de 1862, me contaba ella encantada todavía y con la sensación de frescura y suavidad que dejan en el ánimo las impresiones halagüeñas que hacen eco en toda una vida, cuánto belIo admiró esa noche alrededor de la generala que vestida de Hada, recorría entre dos ayudantes los iluminados salones, saludando tan sólo cortésmente con un movimiento de cabeza a la selecta concurrencia, encontrándose en elIa la ideal y bien amada Serafina Montalvo allí excepcionalmente bella y también Encarnación Chacón y la inolvidable Rita Duquesne y otras más hermosísimas mujeres con trajes escogidos cada uno. Mi madre fue de húngara y su admiración no tenía límites al apreciar la suntuosidad que la opulencia y el fausto ofrecían una sencillez y  amabilidad excesivas en el trato, Ia natural Ilaneza que era como el distintivo más poderoso y atrayente de aquel gran mundo y que caracteriza a todo ser verdaderamente elevado y bien nacido. 

De otro baile a que asistió en la casa palacio de los señores de O’FarrilI me refería sus impresiones encaminadas a los mayores elogios, no sólo por los detalles materiales de la brillante fiesta, sino por la bondad sin límites de los miembros de esta querida familia, cuyo carácter peculiar, se hizo digno por sus contemporáneos del merecido y dulce calificativo, cuando a ellos hacían referencia, del bálsamo O’Farril, como amalgama perfecta y exquisita de lo grande, lo bueno y lo bello. 

Conservaba también mi madre de otra reunión recuerdos imborrables, ésta dada en su honor por el Sr. Flores de Apodaca, Teniente Gobernador de la antigua, predilecta y muy favorecida villa de Guanabacoa, residencia entonces de linajudas familias. 

Mi padre impaciente en extremo ante este desborde de entusiasmo y temeroso por lo mismo de perderla de una vez y para siempre y de que alguien la novia pudiera birlarle, demostró tales empeños, que a los pocos días de la risueña cuánto ruidosa temporada (los periódicos en sus ecos sociales sólo tenían para la querida matancera incienso y celebraciones) se efectuó la boda.» (de Ximeno y Cruz)


Muchos años después dos habaneros quedarían encantados por Lola Cruz, Ernesto Lecuona y Gustavo Sánchez Galarraga se inspiran en ella para la opereta de igual nombre. 

«Lola Cruz» se estrenó en La Habana el 13 de septiembre de 1935 y por sus méritos ha quedado registrada por los anales del arte lírico cubano como uno de sus logros primordiales.

En esta opereta debuta Esther Borja, quien obtuvo un rotundo éxito con el vals-canción “Damisela encantadora”, creado expresamente para ella por Lecuona.

Así Lola, perla del Yumurí, continúa danzando en Matanzas cada vez que alguien entona «Damisela encantadora».


Bibliografía

  • de Ximeno y Cruz, Dolores Cruz. Aquellos tiempos… Memorias de Lola María. Prólogo de Fernando Ortiz. Imprenta y papelería «El Universo». La Habana, Cuba. 1928

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