El Vedado de inicios del siglo XX contado por una cubanita que nació con el siglo (I)

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

Reseña sobre El Vedado tomada del libro «Memorias de una cubanita que nació con el siglo» de Renee Méndez Capote.

Memorias de una cubsnita

El Vedado de mi infancia era un peñon marino sobre el que volaban confiadas las gaviotas y en cuyas malezas crecia silvestre y abundante la uva caleta.

Las cercas eran de tunas espinosas, el aire lo poblaban las auras tiñosas, los toties, los gorriones, las bijiritas y los sinsontes y en las furnias gigantescas de la orilla derecha del Almendares, de las que serian la calle 23 y la calle 15, anidaban las iguanas, los hurones y las ratas.

Los gatos jíbaros salían de noche y todavía al amanecer y poco antes de llegar la noche, atravesaban por el cielo bandadas de palomas rabiches y por el norte aparecían en invierno bandos de patos de la Florida.

Las únicas calles dignas de ese nombre, sin verse interrumpidas por las furnias, eran Linea y 17 y parte de Calzada. Todas las demás eran trillos abiertos entre la maleza, derriscaderos y diente de perro.

Hotel Trocha El Vedado
Hotel Trocha

En la loma había pocas casas, la mayoría con techos de tejas catalanas. Y en la parte baja, ademas de alguna que otra casa quinta, solo recuerdo el Hotel Trocha, la casona de tablas de la Asociacion de Propietarios y alguna casa de dos pisos muy cerca del mar, como la casa, en lo que seria luego la calle 2, de Adolfo
Nuno y Rosalia Urbach, que tenian por cierto muy buenos caballos.

La parroquia la recuerdo desde muy temprano, más chiquita y más modesta. Por cierto que no puedo pensar en la parte baja del Vedado sin que se me presente al punto Lulu Placé, un niño muy alto y muy tranquilo, con tirabuzones rubios y marinera blanca y colorada.

Desde el comedor de mi casa en 15 y B se divisaba el paisaje marino y mi padre, sentado a la mesa, mientras almorzaba, veía pasar los barcos que iban camino del Golfo de Mexico. Dos veces al día eran los lanchones de la basura y constantemente velas blancas animaban el azul profundo.

Nuestros vecinos eran los Hevia, los Marco Aurelio Cervantes, los Cabarrocas y Herr Drea con su mujer y su suegra y aquellos enormes gatos de Angora que tenían tal fuerza que una vez un gato Ie partió la muñeca (?) a la frágil cubanita delgada y chiquita que nosotros contemplábamos paseando silenciosa al lado del aleman alto y misterioso.

Un poco mas lejos vivian los Colete; y después los Cano, los Fernández de Castro, los Lancis, los Suárez, los Dumas, los Campos, los González, los Villalón, los Zaldo, los Del Monte, los Gans, los Tarafa, los Perez Martínez, fueron poblando poco a poco el Vedado de las dos primeras décadas del siglo.

No había parques en mi infancia, ni aceras, que mi prima Laura Malet llamaba «El sardiné». El torreón de San Lázaro estaba en la escollera y el mar llegaba hasta frente a la casa de Beneficencia.

La Universidad y el Instituto estaban en un vetusto edificio de La Habana Vieja, que daba a las calles de Obispo y de O’Reilly. Los niños del colegio de La Salle usaban mandilones de tela cruda.

No habia parques, pero la hacienda del conde de Pozos Dulces, que al parcelarse el Vedado contuvo las calles 11, 13, 15, C, D, E Y F y posiblemente algunas mas, estaba abierta para los niños con su verja alta y su gran jardín lleno de flores y de árboles frutales en que abundaban los nidos y la casa de vivienda se alzaba acogedora en una loma.

Todas las mañanas ibamos a jugar a la hacienda Pozos Dulces, como dabamos una vuelta por casa de los Parajón, que tenían animales en el jardin y nos llegabamos al Trocha a ver los cocodrilos.

En otra ocasión estaban abriendo profundas y anchas zanjas en la calle B, yo no sé si eran para el gas, porque estaban colocando gruesos tubos de barro, y alcantarillado no hubo hasta después. El caso es que unos gallegos jovenes, gordos y colorados, con boina y pantalón de pana, estaban trabajando en esas zanjas.

Sudaban y a cada rato mamá les mandaba agua y café. Pues una mañana Ie dieron un mandarriazo en un pie a uno de aquellos muchachones que lanzó tremendos alaridos.

Estoy viendo a mi madre con su bata de encaje y sus zapaticos Luis XV, y a mi tia Amelia con vestido, porque las solteras no usaban bata, saltando para adentro de la zanja con su botiquín de urgencia a curarle la pata al galleguito.

Enseguida los compañeros lo sacaron y mamá
y tia Amelia se lo llevaron en el coche a la casa de socorro. Yo no sé si el gallego vive ni si las recuerda pero salvo el pie gracias a aquellas dos cubanas.

En el Vedado, además de los murciélagos y las lechuzas, abundaban los chivos y las vacas. Nosotros teníamos una vaquería cerca, la de Munguia, que primero estuvo en C esquina a 15, y después en 17 y B. A cada rato mamá se hacia mandar una vaca que era ordeñada en el patio de casa para tomar la leche calentica. Nunca se nos ocurrió pensar que aquella leche cruda podía hacernos daño, y no nos lo hizo nunca.

A medida que el Vedado se iba civilizando las vacas eran llevadas a pastar mas lejos hasta que al fin, expulsadas por el progreso, acabaron por desaparecer del panorama.

Los alegres rebaños de burras llenaban todas las tardes las calles amarillas de manchas grises. Paraban delante de las casas y el burrero ordeñaba parsimoniosamente las ubres breves, mientras los muchachos y las mujeres salían con jarros esmaltados o conjarras y vasos de cristal aI pie mismo de la burra, que nos miraba con sus grandes ojos humedos y dulces, nos tomabamos la sabrosa leche tibia que nos dejaba grandes bigotes de espuma. Era una cosa seria, formal como un rito. Teniamos fe en la leche de burra: era buena para los niños y les daba fuerza.

En el aire ligero de la loma soleada sonaban las campanillas y
el grito prolongado: jBurrerooooooo!

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