Cristóforo Colón – Historia humorística de Cuba (I)

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

noviembre 8, 2021

Historia humoristica de Cuba

Comenzamos hoy, en esta sección Litera Habana, la publicación seriada de la obra de Gustavo Robreño Puentes «Historia humorística de Cuba». Una joya de la literatura cubana, con ilustraciones Conrado Massaguer, a la que tal vez pocos han tenido acceso. En sus páginas se alude, magistralmente, entre humor y exageraciones, a aspectos de la política nacional y extranjera.

Historia humoristica de Cuba

Cristóforo Colón

Don Cristóforo Colombo fue el primer aventurero italiano que vino a Cuba, y aunque el caso se ha repetido en el transcurso de los siglos, fuerza es confesar, en honor de Don Cristóbal, que fue él quien menos partido sacó de esta bendita tierra, que hubo de llamar «la más fermosa» con el solo objeto de que algún día le hicieran un soneto más o menos discutido.

Este buche de «Cristobita» (que nada tenía de gallego, como aseguran sus detractores) era hijo de Génova… de Italia; y hago la aclaración para que no lo crean hijo de Génova de Zayas, pues sería injusto incluir en el zayismo al pobre almirante, que si bien tenía otros defectos, no puede ser tachado de italiano «oportunista» ni de «cambia-casaca«, entre otras razones, porque en su tiempo no había casacas.

Cristoforo Colon

El píccolo Colombino, que no se sentía muy inclinado a tejer lana (oficio del viejo Colón, padre aparente, al menos del descubridor) prefirió tejerla o dar cureña, por esas naciones de Dios, disparándole «picadas» a todo el mundo, o mejor dicho:
a medio mundo, porque el otro medio permanecía aún en el ostracismo y esperando el momento histórico en que el nauta genovés lo «presentase en sociedad«.

Ello es que el macarrónico joven intentó «descubrir» la frita de la mejor manera; y fijando sus ojos en la península ibérica se preguntaba como al lorito real: «¿para España o para Portugal?» Siendo en definitiva, la patria heroíca de ios Braganzas, la escogida para campo de operaciones por el futuro Virrey de las Indias.

Ya en tierra lusitana, Cristobalín, que no era «hombre de mar» pero que tenía «la mar» de ganas de hacer fortuna, vislumbró un «chivo pasado por agua» allá por Occidente, en tierras ignotas y aún huérfanas de Dragados, Arsenales, Acueductos y otras menudencias acuáticas; y al efecto, se puso al habla, por el teléfono de larga distancia, con Paolo Toscanelli, sabio de la Toscana, (como lo indica su propio apellido) quien le habló de «un viaje a China y al Japón, naciones que a la sazón disponían de pocos acorazados y torpederos y tenían que soportar que en son de choteo se les designase con los grotescos nombres de Catay y Cipango».

Cristoforo Colon

Colón, entonces, hizo una visita al golfo de Guinea, (lo cual prueba que Guinea era conocido como «golfo» antes del descubrimiento de América) y allí concibió su proyecto magno, que trató de realizar ipsofacto, con el apoyo de algún monarca.
El Rey de Portugal, Don Juan Segundo, fué «el primero» que rechazó el plan de Cristóforo, creyendo, sin duda, que trataban de darle el «timo del portugués» o,
por lo menos, que tales proyectos eran charlatanerías de aquel italiano melenudo, con más trazas de amolador de tijeras que de navegante.

DOÑA FELIPA MOÑIZ

Colón había casado, en 1474, con una respetable dama Muñiz, pero el poseedor ad-ínterim de la o adulterina, de Portugal, llamada Felipa Moñiz, o mejor dicho:
y padre, en propiedad, de doña Felipa, a fin de que no lo confundiesen con un humilde hijo de Mondoñedo o Ponferrada, había tenido a bien modificar el patronímico, sin tomar en cuenta que los portugueses jamás fueron otra cosa que gallegos vestidos de paisanos, con la sola diferencia de que en aquella época no trabajaban en el alcantarillado.

Por lo demás: Felipa era una mujer monísima, o moñízima, menudita, hacendosa, pulcra, su poquito mecanógrafa y hasta con pujos de navegante, cosa muy frecuente en los puertos de mar. Lipa (como cariñosamente le llamaba Colón, sin pensar que tal abreviatura la hacía perder la Fe) había aprendido a confeccionar los macarrones, (que, ¡naturalmente!, eran el plato favorito de su esposo) de una manera exquisita y preparaba unos «timbales» que se repicaban solos.

Pero es el caso que esos manjares suculentos y evocadores de la inquieta república genovesa, iban desapareciendo paulatinamente, por falta de numerario, y la mesa colombiana llegó a resentirse de modo alarmante y a bambolearse como una cama colombina.

Felipa Moñiz

¡La «cantina» era inminente! Con efecto: en un modesto fonducho de Lisboa, llamado «O terror das fondas» por la cantidad de moscas (as feiras dos platos) que allí se congregaba, adquirió el náutico matrimonio Colón-Moñiz un abono, «para uno»; y esta cantinita económica, equitativamente fraccionada entre ambos cónyuges (pues el primogénito de la casa, que ya contaba ocho o diez años, se nutría con un biberón de agua con azúcar o chupando una toalla) llenaba las funciones de alimento, si bien de manera incompleta; pero no podían exigirse gollerías porque la fiambrera costaba sólo tres millones de reís a la semana; cantidad exigua, que, salvando la distancia de los tiempos y el valor cualitativo de las cosas, equivale a unos setenta y cinco centavos de nuestra moneda actual.

Y fué en una sobremesa de aquella humilde menestra, cuando Lipa, que era mujer de rápidas determinaciones, le dijo a Cristóforo:

Hijo mío: es preciso que sirvas para algo más que para consonante a «fósforo» ; a estirpe d’os Moñizes está próxima a perecer de inanición, pues la intermitencia en el cocido tiende a la relajación del estómago, órgano que al degenerar en acordeón se extingue veloz e indefectiblemente.

Fracasados los proyectos de Guinea (el golfo) y después de la decepción sufrida con Don Juan (segundo, el monarca) nuestra vida en Portugal es insostenible.
«La lista de los amigos sableables toca a su fin y la prolongación de il dolce jar niente pudiera dar por resultado el que te Pennineasen por italiano pernicioso.

Es pues, de todo punto necesario, hallar un nuevo campo en que volar; y a falta de este campo de aviación, un nuevo mar en que navegar: hay que buscar otros horizontes, otros derroteros y… !otra cantina!

Según tú me has dicho muchas veces y si lo de Copérnico no resulta una bola, el mundo afecta esa forma precisamente y no la de una breva de Caruncho, como generalmente se ha venido creyendo desde los tiempos en que Josué mandó parar el sol como si fuese un tranvía.

Pues bien: empieza a dar sámara por mares y tierra, que si ésta es redonda, lo más que puede luceder es que «tirando el limón» vengas a parar aquí mismo y algo
se te habrá pegado por el camino «Esto, como ves, no es ninguna cosa del otro mundo, o tal vez si, en cuyo caso lo habrás descubierto».

Cristoforo Colon

Así terminó Felipa su perorata, que no tuvo la fuerza suficiente para convencer a Cristóbal así, de primera intención, pues éste reflexionaba que si bien Copérnico garantizó la redondez de la tierra, nada afirmó, en cambio, sobre «los mares», que muy bien pudieran resultar cuadrados.

¡EUREKA!

La honda y contundente filípica de Felipa, fué epilogada por un mutismo absoluto y elocuente como el de una mayoría parlamentaria. Durante diez minutos, un silencio partteonal o tumbal (no siempre ha de ser sepulcral) reinó en el comedor, sin ser interrumpido ni aun por el vuelo de una mosca de las que, infantilmente y por vía de ejercicio, jugaba al marro en la oquedad de las cantinas, ya huérfanas de tajadas y salseos y añorantes del suculento spaghetti de los días felices.

De pronto Colón, dándose una palmada en la frente, aquella amplia frente reservada al abatímiento por las intemperancias, el despecho y la avaricia del tío de Fray Candil, señor Bobadilla, dijo enfáticamente ¡Eureka!

Esta palabra, dicha así, por exabrupto y con toda la dureza pronunciatoria de un genovés afuacaíado, alarmó visiblemente a la Felipa, quien demandó en seguida una explicación del vocablo.

Cristoforo Colon

«Eurefya es una palabra vascuence, igual que eúskaro, Satafye y Kamimura», repuso sentenciosamente Colón, quien, después de todo, no era más que un botero adelantado y no tenía, por lo tanto, obligación de conocer a Arquímedes ni a su vocabulario, más o menos griego; para Cristóforo el único peso específico era el peso de cinco pesetas, si bien el encontrarlo, le acarreaba tantos quebrantos como en sus experiencias sufriera el gran físico y matemático de la antigua Siracusa (hoy flamante ciudad de Zaragoza).

¡Eureka! ¡Eureka! ¡Eureka! repetía entusiasmado Colón, en aquella lengua, que a él se le antojaba vizcaína, gozoso y contento como si le acabasen de aprobar en el Congreso un proyecto de Jai Alai con apuestas.

Diego Colon

Lipa, que seguía sin comprender el significado de aquella extraña palabreja, viendo a su marido fuera de sí, gritando y bailando solo, el «turkey trot», le dijo al fin:

Vamos hijo: reflexiona y ten calma; no digas más disparates que puede pasar cualquiera y tomarte por un Académico de la Historia… o cosa análoga.

—Nada, nada: (adujo el futuro Almirante y primer Morales Coello del mar Caribe) es cosa decidida: he encontrado la solución, me voy a España, llevaré a nuestro hijo Diego a la culta ciudad de Huelva para que aprenda… a torero, y quizás allí se nos huelva un hombre de provecho, ya que en esta inhospitalaria tierra portuguesa, el pobre muchacho lleva todas las trazas de ser un buche lusitano.

Y esto diciendo, arregló su maletín de viaje, en donde introdujo un par de mallas moradas y zurcidas por diversos sitios, varios planos, las cartas de Marco Polo, una brújula, (pues empezaba, para él la época del brujuleo), un astrolabio… inferior, una gilette con sus correspondientes navajitas, un par de pantuflos de
alfombra, un revólver Colt, (american pólice), y una fotografía de su madre (la de Colón, no la de Colt), a quien escribió inmediatamente, comunicándole la heroica resolución que acababa de tomar.

Cristoforo Colon

Una vez equipado de esta suerte, fue a despedirse de la familia Taveira, única amistad que había conservado en su pobreza, prometiéndole guardar su recuerdo eternamente grabado o fotograbado en el corazón; y cumplido este deber de cortesía.
Colón y su hijo se encaminaron a la estación, en donde sacaron pasaje y medio de tercera para España, en el mixto de Badajoz.

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