La calle Corrales se llamó Panchito Gómez Toro (Calles de La Habana)

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

La calle Corrales, en la Habana Vieja, nace en la calle Egido (donde antaño se encontraba con la muralla de La ciudad) y recorre, paralela a Monte, 17 manzanas de tamaño muy irregular hasta el encuentro de las calles Belascoaín y Cristina en las inmediaciones de Cuatro Caminos.

Se le llamó calle Corrales porque, durante la colonia, en ella se encontraban en el tramo comprendido entre las calles Águila y Ángeles (al fondo de la Iglesia de Guadalupe), los corrales para las reses que abastecían el mercado de la ciudad.

De la calle Corrales a Panchito Gómez Toro (y viceversa)

Se denominó también calle de Vives (por el Capitán General don Francisco Dionisio Vives) o calle de La Habana, según el historiador José María de la Torre:

«Porque, teniendo más sombra que la Calzada del Monte, van por ella a La Habana, los de la barriada del sur, logrando acortar una cuadra que se perdía por la indicada Calzada (pues había que hacer un rodeo) hasta 1855 en que se ha dado mayor rectitud a la Calzada por la Puerta de Tierra.»

El 8 de enero de 1923, el Ayuntamiento de La Habana por el Acuerdo No. 134, cambió el nombre de la calle Corrales a calle Panchito Gómez Toro, en honor al capitán del Ejército Libertador cubano y ayudante del Lugarteniente General Antonio Maceo, muerto en la trágica jornada de San Pedro, el 7 de diciembre de 1896.

Al igual que sucedió con casi todos los cambios de nombres de calles que han ocurrido en La Habana, el de Panchito Gómez Toro tampoco prendió entre los habaneros que siguieron llamando a la calle «Corrales», por más que en cada esquina se colocasen carteles informativos con el nombre del héroe.

En 1936, el primer Historiador de la Ciudad, Emilio Roig de Leuchsenring, propuso al alcalde de La Habana, que se restituyera el nombre de calle Corrales, ya que:

«(…) al restituirles los nombres primitivos a las calles se recoge, respeta y conserva la tradición y las leyendas populares, que son parte principalísima de la vida de los pueblos y esencia de su carácter y de su espíritu.

(…) al quitarle a las calles los nuevos nombres que nadie conoce y nadie usa, se acaba con el contraproducente resultado que se ha obtenido al ponérselos, y se terminan la indiferencia, el desprecio o la burla, que es lo que en realidad se ha logrado para esos nombres de personalidades nacionales y extranjeras y de países amigos – al no usarlos en público – y no el homenaje, el respeto y la consideración que es lo que se perseguía.»

Al mismo tiempo, propuso el Dr. Roig de Leuchsenring, que el nombre de «Panchito Gómez Toro» se trasladase a una de las calles que se estaban abriendo en las nuevas urbanizaciones cercanas al Vedado y que se le erigiera un busto justo al monumento a Antonio Maceo, en el parque del mismo nombre, lo que nunca llegó a realizarse.

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