Bandoleros en La Habana y la «complicidad» del campesino

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

Reseña sobre los bandoleros en La Habana tomada del libro: «El bandolerismo en Cuba: contribución y al estudio de esta plaga social» del coronel Francisco López Leyva, publicado en 1930.

Desde tiempos de la dominación española las autoridades y funcionarios públicos de todos los órdenes, la prensa periódica y muchas personas

de cultura reconocida, pero que sólo apreciaban una fase del problema, han venido atribuyendo la imposibilidad de la extinción del bandolerismo en nuestros campos a la protección que prestan los “guajiros” a cuantos elementos se ponen fuera de la Ley.

Bandoleros y campesinos

Tal acusación de complicidad voluntaria la considero absolutamente gratuita, porque hay otras causas directas que explican mejor y justifican con mayor amplitud a los ojos del observador desapasionado y atento, la pasividad del campesino en el caso concreto de la persecución del bandolerismo.

En primer término, tenemos la inseguridad y falta de garantías para vidas y haciendas que existe en los campos como consecuencia de la diseminación de las viviendas, separadas en algunas comarcas por leguas de sabanas o de bosques; después, el desconocimiento del medio ambiente y la falta de instinto policiaco de los agentes de la seguridad pública, más atentos a inspirar “saludable temor”, que a captarse la confianza y cooperación del “guajiro”; más allá la proverbial generosidad del bandolero en pagar espías y escuchas, generosidad que de forma risible contrasta con la tacañería —llamémosla  parsimonia,  para no ofender susceptibilidades — con que los gobiernos ban retribuido los mismos servicios.

Viene, por último, la leyenda que se forja alrededor del nombre de cualquier criminal haciéndole aparecer como una víctima de las injusticias sociales, como un personaje dramático, vengador de su honra, cuando en puridad de verdad el tal sujeto es, sencillamente, un enemigo y explotador de los hombres honrados a cuya costa se ha acostumbrado a vivir, empleando como armas decisivas el rifle y el machete, el terror y la fanfarronada.

Cuantos lean estas líneas recordarán que no hace todavía dos lustros el buen pueblo de La Habana concurrió en grandes grupos a la Estación Terminal, ansioso de conocer a un bandido vulgar que había caído en manos de la policía al hacer su auto-delación por un acto de vanidad ridicula que llevó a cabo a bordo de un tren en Las Villas.

Aquel bandido excitó en alto grado la curiosidad de muchos hombres y el histerismo de algunas mujeres por habérsele ocurrido a varios periodistas adjudicarle el antitético remoquete de “bandido  sentimental».

Bueno  es dejar consignado que el tal “recibimiento” no fué el primero en su elase que registra la historia y que allá por los años de 1889 se tributó otro semejante a Víctor Machín, bandolero de cartel, a quien el capitán general, señor Salamanca, trajo preso a La Habana en el mismo tren en que viajaba Su Excelencia.

Salamanca era excesivamente vanidoso, muy aficionado a cuanto fuera espectacular y rimbombante. Nada, pues, mas de su agrado que entrar en la capital trayendo a rastras un bandolero atado por el cuello.

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