Así atacaron los ingleses el Morro en 1762 y así lo defendió Luis de Velasco (I)

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Castillo del Morro

Extracto referente al ataque del Morro tomado del libro «La toma de La Habana por los ingleses (1762)» editado en 1856 por Pedro J. Guiteras.

Ya en posesión de la Cabaña, resolvió el Conde de Albemarle poner sitio al castillo del Morro, y encargó su dirección al general Guillermo Keppel.

Al efecto, habiéndose verificado un reconocimiento minucioso de esta fortaleza, se determinó, de acuerdo con la opinión del jefe de ingenieros, levantar una batería de cañones a doscientos cincuenta pasos del fuerte, que era la distancia más inmediata a que podía construirse quedando los obreros defendidos por el bosque, y dos más para el uso de cañones y morteros.

Con el fin de desalojar del fondeadero los buques de guerra que en combinación con la guarnición del Morro impedían que progresasen las fortificaciones, se acordó una cuarta batería de obuses por la parte de la bahía.

Las tropas de ejército y marina destinadas a sostener el campo y ayudar a los del Morro, procuraron hostilizar constantemente al enemigo y entorpecer sus progresos, logrando causarles mucho daño.

Mapa del Morro hecho por los ingleses 1762
Mapa que explica la estrategia seguida por los ingleses en su captura del Morro.

El General Prado dispuso un ataque atrevido en el cual tomaron parte las tropas de la plaza en combinación con las del castillo y la escuadra.

El coronel Arroyo con seiscientos hombres de ejército desembarcó el 29 por la batería de la Pastora, al mismo tiempo que lo hacía por el horno de Barba el teniente de navío Dn. Francisco del Corral con trescientos de marina, llevando la difícil empresa de clavar la artillería de la Cabaña; pero no habiendo podido sorprender la guarnición, ni concertar el ataque simultaneo de ambas divisiones, la superioridad de las fuerzas enemigas los obligó a retirarse con una pérdida considerable.

La división de Corral tuvo treinta muertos y cuarenta heridos, cayendo prisionero el capitán Dn. Manuel de Frías; y la de Arroyo sufrió aún mayores pérdidas por el arrojo con que los granaderos de Aragón se empeñaron sobre las baterías, quedando muchos de ellos sin vida sobre los mismos cañones enemigos.

Receloso el conde de Albemarle de que pudiese repetirse esta tentativa con mejor fortuna para las armas españolas, hizo apresurar la conclusión de las fortificaciones, y el 30 fueron conducidos al campamento todas las municiones y
pertrechos necesarios y quedaron aquellas enteramente listas para abrir sus fuegos contra el imponente castillo del Morro.

Constaban de una llamada Guillermo, situada hacia la parte izquierda del campo, con cuatro cañones de a 24 y dos morteros de trece pulgadas; otra, la Gran batería, de ocho cañones y dos morteros de igual calibre que la anterior, y una tercera, la paralela de Dixon o de la izquierda, de dos morteros de diez pulgadas y doce más pequeños; la batería construida sobre la playa era de dos morteros de trece pulgadas, uno de diez y catorce más pequeños; montando las cuatro un total de doce cañones de a 24 y treinta y cinco morteros de varios calibres.

El número de cañones de que podía servirse el Morro por el frente de la Cabaña era de diez y seis o diez y siete de bala de seis a doce libras y un mortero de ocho pulgadas.

La mañana del 1º de julio empezaron las baterías enemigas a asestar sus tiros contra el Morro, el cual contestó con igual brío. El fuego de los ingleses fue muy superior al de los españoles en el curso general de la acción por ser sus fortificaciones más consistentes que el débil parapeto de mampostería que cubría el Morro por aquella parte y tener mayor número de hombres empleados en los cañones.

En combinación con las fuerzas del campo, empezaron a batir el castillo los navíos Cambridge, Dragon y Marlborough a las órdenes del capitán Hervey, que voluntariamente se ofreció a dirigir esta peligrosa operación: el fuego duró por el lado del mar desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, sostenido por una y otra parte con el mismo calor, sin que hubiese un momento de intermisión.

El Morro, situado sobre una roca escarpada y alta, llevaba gran ventaja sobre los navíos, cuya inmensa artillería apenas hizo mella en sus firmes baluartes, y además el fuego de la Punta y de las baterías de la ciudad le ayudaban a batirlos haciéndoles un daño inmenso.

El Cambridge, situado bajo la metralla del castillo, fue el primero en quedar desmantelado y fuera de combate, y poco después se mandaron retirar los otros dos.

Esta atrevida acción, aunque sostenida por los ingleses a costa de gran pérdida de gente les sirvió sin embargo de mucho para sus operaciones por la parte de tierra, pues distraída la atención de los sitiados, no pudieron en todo este largo tiempo responder como quisieran a las baterías de la Cabaña que hacían un fuego formidable y causaban gran daño al castillo.

Pero cuando el valiente Dn. Luis de Velasco acabó con los navíos y pudo acudir a la muralla de tierra, pronto ciñó su frente una nueva corona de triunfo obligando a los ingleses a cesar el ataque.

Jamás, desde el principio de la invasión, habían éstos probado tan heroico valor, y entonces empezaron a conocer que el ilustre defensor del Morro era un adversario digno de las armas británicas.

La pérdida de ambas partes fue grande por el lado del campo; pero considerablemente mayor que la de los españoles la de la escuadra inglesa en la acción hacia la parte del mar, en la cual tuvieron cuarenta y dos hombres muertos, entre ellos el capitán de navío Godfrey que mandaba el Cambridge, y ciento cuarenta heridos.

Las baterías inglesas continuaron el fuego al día siguiente con mejor resultado que el anterior, logrando demoler el frente del castillo y toda la batería de aquella parte, que montaba ocho cañones; pero al mediodía les fue forzoso suspender la acción por haber corrido peligro de incendiarse la Gran batería: no obstante esto, los fuegos del castillo quedaron reducidos aquella tarde a solo dos cañones que disparaban a largos intervalos.

A pesar de las precauciones tomadas, cuando ya los enemigos la creyeron segura, se renovó el incendio con tal violencia el día tres a causa de la sequedad de las fajinas y el fuego constante del fuerte, que no bastaron todos los medios empleados para extinguirlo, y en pocas horas fue víctima de las llamas una obra en que se había empleado durante diez y siete dias el trabajo de más de quinientos hombres.

Igual contratiempo ocurrió en las otras baterías las dos noches siguientes, y con gran dificultad pudieron salvarse dos troneras hacia el lado derecho y el espaldón de los morteros del lado izquierdo, los cuales continuaron sirviendo, así como dos baterías a barbeta, hasta que la artillería del castillo inutilizó los primeros y obligó a los enemigos a abandonar los segundos.

El empezar de nuevo estas obras era empresa sumamente penosa, por haberse aumentado cada día y complicado los trabajos del sitio de una manera insoportable. Los rigores del clima se hacían sentir cada vez más con la falta absoluta de las lluvias en los últimos veinte dias y con el desarrollo de enfermedades adquiridas por la tropa durante su permanencia en la Martinica:
la necesidad de continuar el sitio y las pérdidas sufridas en el ejército habían duplicado el trabajo de los pocos que aún conservaban algunas fuerzas y podían llenar sus deberes.

Mapa del asedio a La Habana por fuerzas Inglesas
Plano del Asedio Marítimo.

Por este tiempo sobre cinco mil soldados y tres mil marineros se hallaban postrados en el campo y los hospitales, la pésima calidad de las provisiones exasperaba las enfermedades, y la falta de agua era de todos sus sufrimientos el mayor y el que más aniquilaba aquel ejército.

La necesidad de acudir a proveerse de ella a una gran distancia y el no hallar siempre la bastante a saciar su sed los desesperaba en sus vanos esfuerzos.

Sobre todos estos contratiempos veía el conde de Albemarle que se acercaba la estación del otoño sin tener probabilidad de rendir el fuerte y la plaza, y temía que si llegaba a desarrollarse una de las tempestades tan comunes en aquellas costas, la escuadra estaba expuesta a una ruina casi inevitable; y entonces, perdida tan necesaria asistencia en el estado del ejército, no le quedaría otro recurso que levantar el sitio.

Esta situación en lugar de abatir el ánimo de aquel ilustre general y al almirante Pocock, sirvió solamente para encender más sus nobles deseos de llevar a término feliz la conquista que se les había encomendado, y su prestigio y valor infundieron nueva vida en las tropas y las animaron a emprender trabajos increíbles.

La experiencia había demostrado que los sitiadores habían cometido una falta grave tanto en levantar la Gran batería demasiado cerca del Morro, cuanto en creer que éste se rendiría en el momento en que lograsen inutilizar toda su
artillería, cosa que suponían efectuar fácilmente con aquella: esta falta costó la vida a gran número de hombres.

Verificado un nuevo reconocimiento, el general Keppel resolvió alterar el plan de las fortificaciones, y dispuso que las baterías fuesen construidas a doble distancia del Morro que las recien incendiadas, cambiando además la de morteros de la paralela izquierda en una de cañones y haciendo otras reformas que exijian los fuegos de la ciudad y de la Punta, los de la escuadra surta en el puerto y las baterías flotantes de los sitiados.

El 9 por la mañana tenían los ingleses doce cañones montados y algunos morteros, y el 11 constaban ya las baterías de diez y ocho cañones.

En este día volvió a empezar el fuego con buen éxito por parte de los sitiadores, y fue contestado del castillo con ocho o nueve que tenían montados: aquellos tuvieron tres cañones fuera de uso y por la tarde se les volvieron a incendiar los merlones de la batería principal y extendiéndose el fuego de la derecha a la izquierda los consumió todos sin que fuese posible evitarlo.

A pesar de este contratiempo las baterías tuvieron el 14 veinte cañones montados, estando reducidos los del castillo a cinco o seis la mañana de aquel día y a dos por la tarde: todo el lienzo de las murallas presentaba del lado de la Cabaña el aspecto más ruinoso, y el 15 al anochecer quedaron desmontados los cañones de aquel frente.

Los sitiados, no obstante los repetidos ataques del enemigo y su crítica situación, parecían resueltos a disputar el terreno con heroico valor hasta haber disparado el último tiro: gran auxilio era para aquel fuerte el tener francas las comunicaciones con la ciudad y la escuadra, que lo suplían de hombres y artillería y reparaban constantemente las pérdidas causadas por los ataques de los sitiadores.

Mapa del asedio a La Habana por fuerzas Inglesas 1762
Ante la defensa feroz del Morro se vieron obligados a mover las tropas emplazadas en Guanabacoa.

El 16 se vio obligado a bajar a la ciudad Dn. Luis de Velasco quebrantado de fatiga y sintiendo agudos dolores, a causa de un fuerte golpe que había recibido en la espalda; y como lo acompañase su segundo Dn. Bartolomé Montes, quedó de gobernador del castillo Dn. Francisco de Medina.

En este mismo día dispuso el conde de Albemarle que la guarnición de Guanabacoa se replegase sobre el campamento intermedio de Cojímar y la Cabaña.

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