Antonio Muñoz la leyenda del Gigante noble

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

enero 17, 2022

Antonio Muñoz

Esta historia pudo no haber sido escrita jamás, el Cuba tendría hoy algunos mundiales menos, y ponerse el número 5 en la espalda no sería una responsabilidad, si un día Natilla Jiménez no hubiese bajado del lomo de un burro a un muchachón enorme en un intrincado camino del Escambray y cual mago versado le hubiese convencido de que su futuro dependía de caerle a golpes a una pelota. Se llamaba Antonio Muñoz, le decían Cuso, y una isla entera le llamaría “Gigante”.

Aquel muchacho fue fruto del empeño, del tesón y el amor de una madre que lo buscó hasta el cansancio luego de perder 5 hijos varones, por eso Antonio Muñoz estaba destinado a llevar en la espalda aquel número, como mismo lo llevaba de nombre la finca de su padre.

Nació el 17 de enero de 1949, en el Condado, Trinidad, el hombre que tal vez sea uno de los peloteros más queridos de Cuba, o al menos de la zona central, por su humildad, sencillez y modestia aún siendo una leyenda viva de esta tierra beisbolera.

Lo recuerdo de niño, cuando ya jugaba con Cienfuegos, haciendo dúo con Cheito Rodríguez -para tratar de salvar un equipo que apenas ganaba-, llegar al cajón de bateo y remangarse la manga derecha, para quedarse quietecito, casi inofensivo de no ser por esa estatura, esperando su bola, con esa paciencia de los hombres de campo. Entonces los niños le pedíamos un home run, y no aceptábamos otra cosa, pues no había disfrute mayor que ver al gigante largar un bambinazo, dar la vuelta tranquilo y luego mirar a Cheo, quien entonces salía también a matar, por aquello de no quedarse detrás.

Antonio Muñoz llegó a series nacionales en 1967, pero no sería hasta siete años después que integraría el equipo grande, pues en aquel entonces Cuba podía sacar tres o cuatro equipos “salvajes” y delante suyo había nombres como Chávez, Marquetti, Mancebo, Arturo Linares… pero una vez en el equipo grande el Gigante del Escambray no pararía hasta ser leyenda.

Antonio Muñoz el hombre grande

El gigante jugó la nada despreciable cifra de veinticuatro series, o sea, llegó con dieciocho y se fue con cuarenta y dos, toda una vida dedicada al beisbol. En la cual dejó su nombre entre los primeros diez de todos los departamentos ofensivos, además de ser el primero en arribar a doscientos y trescientos vuelacercas.

Mas el beisbol no es, en esencia, asunto de números, se trata de algo más, de esas pequeñas acciones diarias que al final tejen la pasión, de las cuales en la carrera de Antonio Muñoz hay cientos.

Antonio Muñoz

Como en aquel juego ante Venezuela, donde demostró que ser capitán era algo más que hacer reuniones, significaba ser líder aún cuando podía ir en contra de tus creencias o educación. Eso precisamente fue lo que ocurrió el día en que, por única vez, se le vio descompuesto en un terreno. El lanzador rival estaba repartiendo pelotazos a derecha e izquierda, para desquitarse lo abultado del marcador, en el banco de Cuba los ánimos estaban exaltados, pero Pineda -con aquellos métodos de los directores viejos- dijo que lo que se fuese a hacer le correspondía al guajiro, que para eso era el capitán.

Dicen que Antonio Muñoz no dijo nada, ni siquiera movió la cabeza y cuando Lourdes Gourriel fue a batear él salió al círculo de espera. Lo demás fue quizás lo esperado, pelotazo a Lourdes, quien molesto fue a reaccionar, entonces se oyó la voz del Gigante que le gritó que fuera tranquilo para primera, que eso era asunto suyo.

Llegó Antonio Muñoz al cajón de bateo y con la misma tranquilidad de miles de veces antes, se acomodó, se remangó la camisa y se dispuso a esperar. La película siguiente sorprendió a todos, el pelotazo en la espalda transformó a aquel cíclope manso en una fiera, que con sus más de seis pies de estatura salió corriendo para encima del pitcher, el cátcher reaccionó enseguida y se le trepó a Muñoz en la espalda, quien siguió corriendo como si nada, como si cargara uno de aquellos sacos por las lomas de su Escambray. Solamente la intervención de Víctor, quien derribó al lanzador de un piñazo, pudo evitar que aquel hombrón descompuesto hubiese puesto sus manos con furia en el pitcher que huía.

Lo botaron, por supuesto, pero Cuba lo recibió como un héroe.

Un submarino en el montículo

La final del mundial de 1980 estaba fea aquel 4 de septiembre, Cuba podía incluso perder, pues el zurdo japonés tenía locos a los toleteros de las cuatro letras y les había colgado ya seis ceros.

Dicen que en el banco Bayiyo Vinent estaba hecho una fiera, y en un muy santiaguero lenguaje pedía una carrera a coj*** limpio, decía que con una sola él ganaba, y que si no se la daban prepararan el cu…erpo, porque estarían jugando hasta el otro día, pues a él esa noche nadie le ganaba.

Cuentan que a finales del sexto capítulo Antonio Muñoz dijo bien alto en el banco, para que todo el mundo lo escuchara, que en el séptimo le iba a dar jonrón al zurdo japonés.

Llegó el inning de la suerte, el Gigante tomó su bate, miró para el terreno… y ya el zurdo no estaba, en su lugar había un niponcito que para lanzar hacía mil murumacas para terminar soltando la bola casi a ras de pasto. Era un lanzador submarino, el primero que Cuba veía, y al que habían tenido escondido esperando ese juego, ese momento.

Pero Antonio Muñoz era el capitán, no un pelotero cualquiera, ya había anunciado el home run, había dado su palabra y un guajiro siempre cumplía lo prometido. Claro, guardaba una carta en la manga, antes del evento había estudiado hasta la saciedad un videotape de ese pitcher en particular y cuentan que entonces dijo que le esperaría la recta.

Antonio Muñoz

Llegó al cajón de bateo, como si fuera un juego cualquiera, se acomodó, se remangó la manga derecha y se dispuso a esperar. Un instante después aquel hombre soltaba el lanzamiento que le arruinaría su carrera, una rectita a 140 kmh, dicen que el Gigante pensó en los pitenes de las lomas donde se jugaba al flojo y él solía mandar las pelotas al rio, y con un swing para su mano la desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Ya Vinent tenía su carrera, la medalla era cuestión de tiempo.

Otra faceta loable de Antonio Muñoz es su sentido de la honestidad, fue uno de los pocos que salió en defensa de Cheito cuando lo expulsaron del beisbol, siempre dijo que era una injusticia, que no le cabía en la cabeza, pues un año antes a ambos les habían ofrecido un cheque en blanco para que firmaran en las Grandes Ligas y tanto él como Cheo lo rechazaron de pleno:

Yo fui uno de los que defendió a Cheíto. Lo defendió Víctor. También lo defendió Juan Castro. Pienso que moralmente, dentro del pueblo cubano, digamos, él está reconocido. Como atleta y ahora como entrenador. Lo que sí estaría de acuerdo es que al Cheo se le hiciera un reconocimiento público, porque nunca se le hizo, en un estadio delante de su público. En Cienfuegos donde jugó o en Matanzas donde actualmente se desempeña. Esto, repito, nunca se hizo, y es probable que por ello actualmente Cheo esté en la circunstancia que se encuentra. Un poco triste, decepcionado, deprimido quizás, porque fue un hombre que lo entregó todo por el béisbol. De eso yo no tengo dudas, y que no la tenga nadie: Él lo entregó todo, y yo pienso que ha recibido muy poco.

Cuba x Dentro

El hombre al que las pillerías le salían mal

Los nobles de alma arrastran un signo que impide que las pequeñas pillerías les salgan bien, Antonio Muñoz es uno de ellos. Muy divertidamente ha contado varias veces que las dos veces que trató de emborrachar rivales para anularlos en el juego siguiente perdió el juego y el ron.

Cuenta que un día los tremendos Vegueros jugaban contra Las Villas, y aprovechando lo cerca que estaba su casa del estadio y que era el cumpleaños de una de sus hijas invitó a Rogelio y a Casanova, entonces los mala cabeza del equipo naranja le convencieron para que les metiera bastante ron, pues el partido era en unas horas.

Dicho y hecho, él mismo los llevó luego en su carro al estadio, dice que Rogelio apenas podía caminar y que Luis Giraldo incluso se durmió en cuanto se sentó en el carro. Llegó el partido, Rogelio les dio nueve ceros y Casanova bateó de tres tres con par de jonrones y un doble, dice que para colmo cuando se retiraba pues ya no podía más le dijo “Guajiro, ahora vamos a tomarnos lo que quedó”.

Y en otro momento con Vinent:

se me aparece un día en la casa Vinent, allá en Cienfuegos, creo que con Larduet y Pacheco, y nos pusimos a jugar dominó y a tomar y eso. El juego era al otro día. Salió de allí en cuatro patas. De lejos, ya cuando me lo llevaba en mi carro, tardísimo, le gritó a mi ex mujer: “Lucy, me voy borracho, pero mañana me voy a trepar. Y a este –me señala– lo considero, por lo que le espera”. Con la nota que él tenía, yo dije para dentro de mí: qué va, este no pichea mañana. ¿No pichea? ¡Nueve chapas nos metió! Vinent, sin dudas, para mí ha sido el mejor pitcher que ha tenido Cuba.

Rápidas

  • Sus dos momentos más emotivos: El jonrón que decidió el Campeonato Mundial de Japón y el par de bambinazos que disparó el día que nacieron sus jimaguas.
  • Siempre defendió a Víctor Mesa como manager.
  • Considera que Luis Giraldo Casanova es el mejor pelotero que ha tenido Cuba.
  • Braudilio Vinent el mejor pitcher.
  • Cree que su home run más largo fue uno que dio en Cabaiguán y que cayó encima de los tanques de la refinería.
  • La única discusión que tuvo con un compañero de equipo fue con Rafael Orlando Acebey, le dio tanta tristeza que se sentó a llorar encima de la primera base, pero cuando Triana fue a sacar a Acebey Muñoz le dijo que no, que lo dejara, que era joven y no lo hacía por mal, y que no se preocuparan que ese juego lo ganaban. Lo decidió él con un jonrón en el noveno.
  • Opina que un equipo Cuba unificado es beneficioso y está a favor, pero le preocupa el cómo hacerlo para no cometer injusticias.
  • No le gusta el sistema de 45 juegos solamente para todos.
  • Está convencido que solo un exatleta debería ser el Comisionado o el Jefe Técnico, pues ningún cuadro, si no ha sido jugador, entenderá jamás las necesidades del atleta.
  • En su equipo ideal Pacheco jugaría la segunda, con el niño y Germán en tercera y el campo corto respectivamente. Pestano sería el receptor, y los jardines los ocuparían Casanova, Víctor y Lourdes. Con Cheito de designado, Servio Borges de director y él mismo en primera base.

El respeto y la admiración de un pueblo

Este escritor lo recuerda perfectamente, nadie puede decirle que no, cuando se retiró Antonio Muñoz se dijo que su número se retiraba también, que nadie en esta tierra de peloteros podría volver a usar jamás el 5. No se cumplió.

Retiro Antonio Muñoz

Sin embargo, la grandeza del Gigante es tal que piensa que está bien que no se haya cumplido, que él se siente orgulloso que los niños quieran usar su número. Pero que no ve bien que se emplee el 14 de Casanova, o el 1 de Huelga.

Por acciones como esas Antonio Muñoz vive rodeado del cariño de los suyos, que es todo un pueblo, se para a conversar con cualquiera lo mismo en una esquina de la Perla que en la calle 8 de Miami.

Antonio Muñoz
Antonio Muñoz en el Parque Martí de Cienfuegos

Cuba lo quiere, y al menos Cienfuegos le idolatra, sino que se vayan al Hospital y pregunten a los trabajadores viejos que pasó el día que ingresaron al Gigante en Terapia. Hubo que pedir CVP extras, reforzar la puerta de la sala de intensiva donde estaba ingresado, e incluso dar partes diarios para los cientos de personas que a diario se hacían presentes.

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