El Tropicalazo, la amarga derrota cubana en el Mundial Amateur de Béisbol de 1941

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.
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Aquello tuvo un nombre: Tropicalazo, porque Venezuela consiguió lo impensable, derrotar a los bicampeones mundiales cubanos en su propio feudo del estadio de La Tropical ante casi treinta mil personas. El suceso tuvo tanta relevancia en el país sudamericano que desde entonces el 22 de octubre es el «día de los héroes del 41» en recuerdo del éxito beisbolero.

Pero, ¿fue realmente una gesta o la memoria oral se ha encargado de agigantarla?

Para poner las cosas en contexto es necesario señalar que Cuba ganó las Series Mundiales de Béisbol Amateur (posteriormente renombrados como Copas Mundiales de Béisbol) de los años 1939 y 1940, tras perder el torneo celebrado en la Habana del año 41, volvería a ganar en el 42 y el 43 con la misma base de jugadores.

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La sede elegida fue el estadio de La Tropical

Tras cinco ediciones celebradas consecutivamente en La Habana el torneo se desplazó a Caracas en el año 1944 (con victoria local) mientras que Cuba, tercer lugar, no participaría en las ediciones de los años 45, 46 y 47. Volviendo para la edición de Managua (1950), desde entonces sería el máximo ganador con 25 títulos.

El Mundial Amateur de Béisbol de 1941

Con el eco de los bicampeonatos anteriores y el apogeo del torneo doméstico cubano -que levantaba pasiones y entusiasmo entre aficionados, apostadores y prensa-, el campeonato del año 1941 fue el que mayor cantidad de equipos participantes reunió hasta el momento con nueve equipos.

Cada conjunto debía llegar al torneo por sus propios medios al tiempo que los organizadores se encargaban de abonar los pasajes de regreso. Las delegaciones estaban integradas por 19 jugadores (algunos equipos inscribían un manager-jugador para ganar un cupo extra). El evento se desarrolló del 27 de septiembre al 22 de octubre en el estadio de La Tropical.

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Por la parte cubana destacaban los lanzadores Pedro «Natilla» Jiménez, Julio «Jiquí» Moreno, Conrado «el Guajiro» Marrero, Rogelio «Limonar» Martínez. El resto del equipo no tenía menor nombre, el segunda base y cuarto bate Napoleón Reyes puso la dinamita con el madero para dejar al campo a Estados Unidos en un juego de 14 innings. El resto del team también sudaba talento pues a cualquier amante del béisbol cubano le sonarán los nombres de «Mosquito» Ordeñana, Bernardo Cuervo, el receptor Andrés Fleitas, Rafael «Villa» Cabrera y el manager Joaquín Viego.

Con seis partidos jugados por cada equipo la paridad era tremenda. Cuba y Venezuela iban líderes con 6 ganados sin derrotas, seguidos de México y Panamá con 5 victorias y un revés. El equipo norteamericano dio la sorpresa negativa al no poder ganar ninguno de sus primeros cinco juegos.

El día 10 de octubre, festividad nacional, los locales cubanos se veían las caras con Jonathan Robinson, zurdo nicaragüense que el año anterior había vencido al equipo cubano. Aquella derrota a punto estuvo de costarle el título a los cubanos en el año 40. Ésta vez se impuso Limonar Martínez que no permitió anotaciones y para beneplácito del público, que acudió masivamente al partido, al zurdo Robinson el box se le hizo un suplicio desde temprano. El primer bate cubano Clemente González se fue de 5-4 en el partido, enmendando los cuatro errores que realizó ante el equipo norteamericano en el juego anterior.

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Dick Sisler en el estadio de La Tropical en 1943

El siguiente encuentro cubano ante Panamá sería decisivo para las aspiraciones de campeonato. Los itsmeños llegaban con 6 victorias y una derrota, si vencían a los locales les empataban dejando a Venezuela como único invicto. El único escollo para la poderosa batería panameña sería el menudo Guajiro Marrero que les daría la primera y única blanqueada del torneo.

Los cubanos se soltaron a batear desde el primer inning con racimo de cinco anotaciones; en el tercero la ventaja era de 8 a 0, salvoconducto más que suficiente para Connie Marrero que anduvo todo el camino, con sus envíos quebrados, atormentando a una de las baterías más peligrosas del torneo.

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Conrado Marrero en 1954

En la siguiente y penúltima ronda los cubanos dispusieron con facilidad de Puerto Rico. Limonar Martínez llegaba a 24 innings sin permitir anotaciones. Por su parte Venezuela perdía ante el equipo de República Dominicana, hasta entonces de recorrido irregular. El lanzador Luis «Niño Zurdo» Castro se las arregló para disipar los nueve cohetes criollos permitiendo solo dos anotaciones, en el noveno «Bebé» del Villar entraba para sacar el último out del juego.

Está derrota dejaba a Cuba como único invicto tras siete rondas, pero el calendario quiso que cubanos y venezolanos se viesen las caras en el último partido con chances aún para los visitantes de forzar un partido de desempate. En las gradas de La Tropical estaba hasta el máximo mandatario cubano, el coronel Fulgencio Batista, esperando una victoria cubana que certificara el tricampeonato.

Antesala de un desastre

El equipo cubano había anotado 59 carreras mientras su pitcheo soportaba apenas 7 anotaciones en contra. Se presentaba en calidad de invicto y bicampeón ante un equipo venezolano que participaba apenas por segunda vez en estas lides y que había sorprendido por su buen bateo (líderes en average colectivo con .310, además de 52 carreras anotadas por 12 permitidas) pero que como le había ocurrido a Panamá y México, se esperaba no fuese rival en el campo para la novena antillana.

Quizás con la piel del título ya vendida, los cubanos fueron manifiestamente dominados por el as Daniel «el Chino» Canónico. El diestro de Guarenas mantuvo a los cubanos sin hits hasta el sexto innings, y sin anotaciones hasta el noveno cuando Cuba marcó la raya del honor en el casillero.

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El estadio de La Tropical después de la remodelación de sus gradas para ampliar capacidad

El jardinero central Héctor Benítez (4-3) y el inicialista José Pérez (4-2 y 2 anotadas) se encargaron de la producción ofensiva. El resultado final de 4 anotaciones a 1 obligaba a jugar un encuentro de desempate. Ni el abridor Jiquí Moreno, ni el primer relevista Conrado Marrero, fueron capaces de imponer su liturgia desde el montículo. La desilusión cundió por La Tropical aquella tarde del 17 de octubre, Venezuela conseguía la primera gran sorpresa.

El Tropicalazo se consuma

Si ganarle un juego a la estelarísima novena antillana era considerado una gesta, ganarle dos consecutivos era ya una misión prácticamente imposible, sin embargo, como para todo hay una primera vez…

La brisa que corría apacible a la una de la tarde en la elevada zona del estadio de La Tropical aquel 22 de octubre del año 1941, no presagiaba el desastre que acontecería un par de horas después. El bullicio de las casi treinta mil personas (la capacidad oficial no pasaba de veinticinco mil espectadores) le daba al encuentro la emoción de los juegos a todo o nada. Ésta vez sin el presidente Batista en el estadio, que por cosas del azar estuvo presente en la única derrota cubana, los cubanos jugaban con la tensión sorpresiva de la derrota anterior que dejó a los entendidos en shock.

Habían pasado cinco días de aquel amargo encuentro, a las tres de la tarde se saludaban los equipos y quedaba listo el inicio del espectáculo.

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Daniel Canónico con apenas tres anotaciones permitidas en 18 entradas lanzadas ante los bicampeones cubanos se instauró en la gloria venezolana y en la memoria amarga del cubano.

El manager venezolano Antonio Malpica no se complicó demasiado a la hora de elegir a su lanzador abridor, estaba cantado que sería Daniel Canónico quien agarrase la pelota nuevamente, con descanso eficiente volvería a convertirse en el torturador antillano. Las esperanzas locales se cimentaban en los envíos mañosos del Guajiro Marrero.

Hombre de gran control dio dos boletos en el primer inning, acaso como un presagio de fatalidad, y tras conseguir el primer out de la entrada, el «Comisario» Ramos castigó a Marrero su descontrol con una conexión a lo profundo del left-center registrando dos anotaciones para los visitantes y certificando él mismo la tercera rayita en la pizarra, tras larga conexión del receptor José Casanova.

Con tres de ventaja desde el mismo primer episodio, Canónico se dedicó a desarticular a la potente batería cubana. Apenas permitió una anotación durante el recorrido completo y sellando la gesta de ganarle a Cuba los dos juegos decisivos, consiguiendo en total cinco victorias en el campeonato.

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Zona del jardín derecho del estadio de La Tropical

El Tropicalazo se consumó y Cuba perdió la Serie Mundial Amateur de 1941, aunque al año siguiente tomarían revancha, Marrero y compañía, del magistral Canónico, el daño estaba hecho. Durante mucho tiempo se recordó con amargura esta hazaña venezolana en los albores del béisbol amateur organizado.

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