Breve reseña histórica de la Feria del Libro de La Habana

Palabras en la inauguración de la Feria del Libro de 2015

Por: DrC. Alina B. López Hernández.

Miembro de la Academia de Historia.

Entre los aciertos de la segunda república burguesa, como denominan los historiadores al período que se inicia tras la Constitución de 1940, podemos mencionar sin dudas que le confirió una mayor atención a cuestiones propias de la cultura, una de ellas fue la relativa a la difusión del libro y la lectura. 

Fue así que, en 1942, y auspiciada por el Ministerio de Educación, se celebró la Primera Feria Nacional del Libro en Cuba, que tuvo su sede en la antigua cárcel de La Habana. 

Según sus organizadores este fue un acontecimiento  de modestas proporciones. Al año siguiente el evento se localizó en el Parque Central de La Habana, su sede a partir de entonces, además de extenderse a la ciudad de Santiago de Cuba. 

Con la posterior creación de la Secretaría de Educación, fue esta quien se encargó de la organización de las ferias, con el coauspicio de la Cámara del Libro de Cuba y, en ocasiones, del Municipio de La Habana.

El despegue de la Feria del Libro

Las actividades de la feria fueron progresando a través de los años, pero siempre eran nocturnas. 

Se establecía un pabellón central con una red de pabellones menores donde exponían tanto las casas editoriales como las librerías. 

Existía una tribuna donde importantes personalidades se dirigían al público explicando la importancia de la lectura, y luego actuaban orquestas y artistas de relieve. 

Feria del Libro
Desde sus inicios la Feria del Libro ha sido un suceso de público

Las actividades eran muy diversas: exhibición y venta; promoción de literatura infantil, con un lugar dedicado a los niños en el cual estos podían tomar los libros y sentarse a leerlos; expendio de libros de uso; pabellón que mostraba el proceso de encuadernación; pabellones instructivos, como el de la Sociedad Cubana de Espeleología, que para la VI Feria, en 1948, montó una exposición de fotografías; exposiciones de mariposas; venta de artesanías y expendio de comestibles, entre otras. 

Las Ferias del Libro fueron un éxito de público de acuerdo a las fuentes que reseñaron esos eventos, sin embargo en las intervenciones de personalidades como Juan Marinello, José Luciano Franco, Emilio Roig o Ángel Augier, por solo citar algunos, se criticaban algunas limitaciones que tuvieron, a saber:

No lograron extenderse nunca a todo el territorio nacional, aunque es justo reconocer los esfuerzos de Raúl Roa frente a la Secretaría de Cultura, donde logró, de manera intermitente, llevar pequeñas expediciones literarias a zonas rurales. 

Con el golpe de estado de 1952 se interrumpieron estas aspiraciones.

Otra crítica que se hacía justamente era que los libros no siempre estaban al acceso de las personas que asistían a la feria, no tanto por el analfabetismo, que era menor en la capital que en el interior del país, sino por sus precios.

Un señalamiento negativo era la escasa presencia de autores cubanos, con la consiguiente preeminencia de extranjeros. 

El pabellón destinado a los autores del patio, era casi siempre el último en erigirse y, según palabras de Ángel Augier al reseñar la VI feria, estaba 

“desconsoladoramente vacío, como un símbolo de la atención que se presta a nuestra producción bibliográfica, a esa que costea el propio autor por falta de editores suficientes”

se preguntaba entonces: 

“¿se rectificará alguna vez este error, y veremos algún día que la primera caseta que se construye y se equipa en la Feria del Libro es la dedicada a las obras cubanas?”. 

Otra solicitud desatendida era la de que se hicieran, una vez concluidas las ferias, estudios para determinar qué libros y autores eran los más demandados, según Augier:

“Ello ofrecerá al observador de nuestros fenómenos culturales la ocasión de calibrar el coeficiente de educación y apreciar porqué rumbos de las ideas y del gusto literario camina nuestro pueblo”. 

Esto es lo que conocemos como estudios de público, esenciales para diseñar políticas culturales y apenas incipientes en Cuba en la actualidad, en lo que a la comercialización del libro se refiere. 

El período histórico que se inicia en 1959 dio un vuelco al universo del libro y la lectura y convirtió en realidad muchas de las aspiraciones anteriores. 

La fundación de la Imprenta Nacional; del ICL y las editoriales nacionales; la creación de una red de ediciones territoriales que recién cumplió quince años y que permiten que los autores cubanos publiquen y se den a conocer en el panorama cultural; el haber facilitado el acceso del pueblo a la literatura, primero alfabetizando a todo el que no sabía leer y luego haciendo posible la adquisición de textos, son ejemplos de esta obra.


Las Ferias del Libro en Cuba se han convertido en un fenómeno cultural y mediático


inciden en todas las ciudades del país y en algunas zonas rurales, se ha ido complejizando su organización con un alcance que trasciende las fronteras insulares, dado su carácter internacional. 

Todo lo que se haga en pro del desarrollo de la lectura es poco, una sociedad de lectores proveerá buenos ciudadanos. 

Leer, además de contribuir a la espiritualidad de las personas, les proporciona la base para generar ideas, da pie a la creatividad, a un pensamiento reflexivo y crítico, y, por consiguiente, a un vocabulario apropiado; condiciones todas que generan una participación, activa, no obediente y pasiva, en cualquier proyecto que se pretenda encauzar; solo de este modo será verdaderamente inclusivo.

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