Poetisas desconocidas del siglo XIX – Fermina de Cárdenas de Armas

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.
Fermina de Cárdenas

Reseñas sobre Fermina de Cárdenas tomada del libro «Álbum pictórico fotográfico de escritoras y poetisas cubanas» de Domitila de Coronado

Nació en la Habana, hija del ilustrado y prestigioso caballero don Nicolás de Cárdenas, perteneciente a una legendaria familia cubana. 

Muy joven unió su destino al del gran literato y periodista don José de Armas y Céspedes; de cuyo enlace nacieron tres hijos: el primero, conocido en el mundo de las letras, tanto en Cuba y Europa, con el nombre de Justo de Lara

El segundo, es el señor Susini de Armas, correcto caballero y escritor muy atildado, que entre sus méritos personales cuenta el de ser un fiel adorador de la memoria de su excelente madre; y el que lamenta no haber podido facilitarnos algunas de las obras que 

desde joven escribió. Pero esto se explica: el cambio social de nuestro país, en que la muerte, el destierro y la emigración dispersaron las familias, muchas perdieron su fortuna, seres amados, obras y documentos importantes; en cuyo numero se contaba por sus antecedentes la familia Cárdenas y Armas. 

Penoso nos era no consignar el nombre de una dama tan meritoria, junto a las otras de su época; cuando antiguos periodistas han mencionado con loor sus producciones, entre otros, el bibliógrafo don Domingo Figarola y Caneda; recordando que tal vez por los pesares que amargaron su vida, suscribía sus escritos con el pseudónimo de Dolores, y sus traducciones y novelas con el de Ena de Rohan. 

Unos de los dolores que en efecto laceraron su corazón fue, sin duda, la muerte de su hija, la tercera, llamada María, y la muerte moral de su hija política, la esposa de su amado Pepe, o sea Justo de Lara, al perder la razón.

El esposo de Fermina, (ya lo hemos consignado) era un gran periodista y literato, cultivaba el género interesante de la novela, pero no frívola, sino histórica, en la que tenía por colaboradora a su esposa. 

Hay en la Biblioteca Nacional un ejemplar de la novela «Frasquito», original de Armas, y en ella, invitada por él, escribió Fermina en estilo epistolar el Capítulo XXXIV, titulado «¡La Carta!».. . 

Se desenvuelve el asunto con la intervención de los más prominentes personajes de la época en el orden civil y eclesiástico; se recuerda al leerla el dominio a veces despótico que ejercían los padres y madres en la suerte de los hijos al elegir estado; y la heroína del asunto, cual otra Safo, expresa a su adorado la intensa pasión con que lo adora, en medio del combate que la oprime, llena de modesta y candorosa unción. 

Obras como esa debieran divulgarse para solaz de la juventud. 

Fermina de Cárdenas y Jiménez de Armas, partió de este mundo para otro de eterna luz y descanso, el día 1 de Febrero de 1923. 

Su muerte fue generalmente sentida, y para su hijo, Susini, un pesar de dolorosa resignación, ¡pero eterno culto filial!


Obras de Fermina de Cárdenas de Armas

Fermina de Cárdenas
Portada del libro «Álbum pictórico fotográfico de escritoras y poetisas cubanas» de Domitila de Coronado

CAPITULO XXXIV  (Fragmento)

¡LA CARTA! 

—Vamos a ver ahora los papeles, dijo Vives, abriendo el sobre lacrado y sacando varios pliegos pequeños de papel superfino. 

—Es una carta de amor perfumada, siguió diciendo el General: señor Obispo, a pesar de serlo usted y estar viejo, a usted le corresponde mejor que a mí leer la carta. Es de una chica preciosa, y probablemente se confiesa con usted: María Consalvo, la novia del celebérrimo Esteban. 

—Es ella, con efecto, hija espiritual mía, observó Espada. 

—Lea usted eso, mientras yo hago otra cosa más urgente, manifestó el General, alargando la carta al ilustre prelado; y tocando la campanilla de oro que era la destinada a advertir al ayudante de guardia que entrase en el gabinete de Su Excelencia. 

—Hágame usted el favor de ir a ver al Comandante de Marina don Miguel Gastón y decirle de mi parte que le agradeceré venga en el acto a verme—dijo Vives al ayudante de guardia. 

—Mientras viene, yo leeré la carta en alta voz—manifestó el prelado —y diciendo y haciendo, leyó lo siguiente:

«Adorado Esteban: 

Seguiré tus instrucciones para que mis cartas lleguen a tus manos sin necesidad de Mrs. Merrill; pero no comprendo esa aversión hacia ella. Yo creo que es la única persona que por nuestra situación se interesa. 

Me asegura que reconviene a mi madre por su obstinación en oponerse a nuestra felicidad. Todas las demás personas nos son hostiles, y la madre de Bernabé me parece una serpiente envenenada. Sus ojos, cuyas órbitas se mueven de un lado a otro sin cesar, me siguen a todas partes, llenándome de terror. 

Pero hablemos de otra cosa. Me apresuro a escribirte, porque hace días que estoy notando gran misterio en todos los que me rodean. Hoy repentinamente me anuncian que partimos a Guanaja, para de allí trasladarnos a «La Caridad». 

El viaje también se rodea de misterio, y por algunas palabras que he oído, entiendo que obedece a una orden amenazante del General Vives. 

Si se trata de separarnos, no temas, bien mío, porque no hay poder sobre la tierra que arranque de mi alma la pasión que por ti siento. 

Yo no he querido nunca a Manuel: así lo comprendí cuando te conocí, y por lo tanto, tus celos son injustificados. Era yo una niña cuando llegó mi primo a París, y acompañó a mi madre al convento donde me educaba, para sacarme de aquel triste recinto por un poco de tiempo. 

La libertad inesperada que se me ofrecía y la completa ignorancia mía de lo que era el amor, me hicieron acoger con agrado la imposición, que no fue otra cosa, de mi madre para que aceptara a Manuel por esposo, realizando—me decía ella—la más grande aspiración de su vida. 

El carácter afable de mi primo, su buena educación, su buen porte y hasta el hecho de olvidar por mí sus amores de la infancia con Catalina, halagaron mi amor propio. ¡ Infeliz de mí! ¡ Yo creí que eso era todo! 

No sabía que ese afecto frío, y sin emociones, no es el amor. Este amor que siento hoy y se ha apoderado de todo mi ser, que invade mis sentidos, que llena todas las horas de mi vida.

Cuando llegas de improviso a mi lado me estremezco; si me hablas o fijas tus ojos en mis ojos, siento que se me salta el corazón del pecho, y si te acercas a mí y me estrechas en tus brazos, como la noche en que te juré mi amor eterno, creo que voy a morir. ¡ Te amo, Esteban, te amo! 

Conociendo las ideas de mi madre, exageradas en lo que se refiere a cuna y blasones, no me parecía extraño que encontrara completa superioridad en Manuel a ti, amor mío, puesto que mi primo reúne nombre, fortuna, talento, carrera, cruces, en fin, todo lo que quiere decir aristocracia; pero hoy que haciendo justicia te ha devuelto el Gobierno el título y el nombre de tus padres, colocándote así a la altura de mi familia, no comprendo por qué persiste mi madre en creer que nuestro enlace es desigual. 

¿Desigual? Sí; quizás. Yo creo que eres superior a mí y a tío Frasquito, al Conde de Brisnes, a mi madre misma, ¡y a todas las personas que conozco !.. . 

—Tú, tan noble, tan caballeroso, que has soportado con tanta dignidad las humillaciones que te han impuesto todos los de esta familia y las has sufrido de tal manera, que yo misma he creído algunas veces que no las comprendías! 

Luego, observando mejor, he visto que tu actitud era sólo elevación de un alma privilegiada. ¡Oh, Esteban mío, qué feliz soy en ser amada por ti!

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