Pablo Quevedo, la leyenda de la voz etérea

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

Eran más de seis mil personas las que acompañaban el féretro de Pablo Quevedo, el gran divo de la canción cubana en aquel momento, a su destino definitivo del Cementerio de Colón. Su voz, que algunos comparaban con la quietud del amanecer, se apagó un 10 de noviembre de 1936.

La radio le había llevado a todos los hogares cubanos y ahora no quedaba registro de su popularidad y talento, así se forjan algunas leyendas, con la frase de los viejos que recuerdan: ¡Yo escuché cantar a fulano, yo vi bailar a Mengano, yo vi pelear a Esperancejo!

Así sucesivamente, en un juego, entre gracioso e infantil, difícilmente rebatible, recordaban con autoridad nuestros mayores sus tiempos mozos, sin importar si el recuerdo refleja el suceso en toda su magnitud pues algunas leyendas populares quedaban redimensionadas por la memoria colectiva, y nada más.

No fue el caso del cantor nacido en Unión de Reyes un 21 de enero de 1908*. Todo lo que se escribe y cuenta de él está sujeto a la exageración de la memoria, pero en una Habana en plena congestión política, es imprescindible reconocer que fue la gran explosión de la música romántica de su época, arrasando con su popularidad en un sector, el juvenil, que será nicho de boys bands y divos en el futuro.

Pablo Quevedo, «el trovador mimado»

Su porte melancólico, marcadamente enfermo por la tuberculosis que le terminó abocando al silencio antes de cumplir la treintena, tenía el magnetismo de acelerar las hormonas de las jovencitas que le seguían, a él y a la orquesta de Cheo Belén Puig, en sus presentaciones.

Reservado e introvertido, poseía un halo de tristeza que terminaba de cuadrar con su voz «pequeña, pero afinada como ninguna» que escribiese Eduardo Robreño.

La fortuna que le dotó con una voz que enmudecía a sus oyentes, le fue esquiva en otros aspectos. Empezó su andar trabajando de aprendiz en una tabaquería y un reportero que cubrió su deceso se lamentaba «¿acaso el polvillo traidor de la nicotina dio allí la pérfida mordedura que habría de hacer que la voz se le escapara por la herida en un aciago día invernal?«.

Es imposible saberlo, lo cierto es que probó de barbero y panadero, pero de aquello lo único que sacó fue el convencimiento de que su voz tenía la fuerza y el calibre de tocar los dolores del alma. Unión de Reyes era un pueblito alegre, acompañando a Panchito Rodríguez y su guitarra era usual verles por el puente del ferrocarril que está a las afueras del pueblo, pero a pesar de la fama que ya acumulaba en el pueblo no había forma de ganarse la vida cantando allí.

Pablo Quevedo con 18 años
Pablo Quevedo con apenas 18 años

El lugar era La Habana, y una desavenencia familiar fue el golpe definitivo para salir del apacible pueblo natal.

Una amante huraña

La ciudad maravilla, capital de lo posible, reino de la radio y de la música, no fue generosa con el joven de cándida voz. Tuvo que ganarse a pulso su espacio en los portales del Payret con su guitarra y los últimos tangos importados desde la zona del Río de la Plata. Su voz de cristal, sibilina cual murmullo de sílfide chocaba contra el estruendo y glamour de la rumba, el son, la conga y demás géneros que hacían de La Habana y sus letreros de neón un suceso de aceleración constante.

Pablo Quevedo era lo contrario, armonía, acordé y emoción. Latidos acompasados en el tejido árido de una Danaë tropical que quiere controlar lo incontrolable, pero acaso ese contrasentido fue el que provocó el boom total de Pablo Quevedo, decidido a apostarlo todo a La Habana y su frenético ecosistema nocturno, desoyó los consejos de que volviera a su pueblo.

Pablo Quevedo Cuba con la orquesta de Cheo Belen Puig
Pablo Quevedo con la orquesta de Cheo Belén Puig

Comenzó a encontrar ciertos espacios, y tras un fallido trío musical, se juntó con Panchito Carbó en el «Dúo de Ases». Parecía que la vida le daba un chance, pero su éxito era pírrico, el cigarrillo y la vida de músico que no tiene horas ni descansos le pasaba factura.

Antonio María Romeu añadió el dúo en su Orquesta, por entonces entre las más reconocidas del país. Ese paso hacia adelante del dúo significó dos hacia atrás para Pablo Quevedo pues el maestro Romeu tuvo que prescindir de uno de sus cantantes y Pablo Quevedo se quedó sin trabajo, ni dúo musical.

La orquesta «Los Caciques» le acogió por dos años hasta que llegó su gran revancha al unirse al conjunto de Cheo Belén Puig donde rompió en estrella robacorazones. A través de las ondas de radio de la CMQ su talento encontró el medio para anidar en el público, pero quienes le vieron en vivo quedaron rendidos a la simbiosis de físico, interpretación y voz.

Cantar era su oficio, pero lo que vino con el éxito total no le gustó. Le seguían decenas de jovencitas que le lanzaban proposiciones de amor frenético, recibía cientos de cartas en su casa y en las radios donde era reclamo habitual.

El fenómeno a su alrededor le pasó factura, dejó de disfrutar de la música y a punto estuvo de dejar el mundo del espectáculo, pero apareció Georgina Oliva, con la cual se casó el 3 de diciembre de 1934 y encontró la estabilidad necesaria, pues ella se convirtió en el apoyo que organizó su agenda y se hacía cargo de responder las cartas de sus admiradoras más recatadas y respetuosas.

No duraría mucho la alegría pues parecía predestinado para el dolor que evocaba en los boleros, tangos y danzonetes. La pareja perdió al primero de sus retoños producto de un aborto, al dolor su sumó la complicación de Pablo Quevedo y su tuberculosis. Otro retoño venía en camino pero el ilustre cantante, del cual no han quedado grabaciones, no lo conocería pues fallecía semanas antes de su nacimiento.

Desde entonces su leyenda no dejó de crecer, a su sepelio acudieron miles de habaneros compungidos y las radios realizaron homenajes en su honor. La conmoción fue total, se iba sin llegar a la treintena un cantante popular para el que la vida no fue un idilio romántico, sino más bien la nieve cruel de los años.

A PABLO QUEVEDO
Fuiste de las criollas melodías,
Por mucho tiempo, trovador mimado;
Hoy mueres orgulloso, porque has dado
Consuelo al corazón todos los días.

Tú canto emocional, tuvo alegrías,
Aunque también de peñas fue impregnado,
Y en chozas y palacios ha dejado 
Un eco de fervientes simpatías.

Luchaste mucho, y de tenaz manera,
Contra el mal que más mina y más quebranta,
Sin que nunca tu voz enmudeciera;

Porque tú, como el pájaro que canta,
Preferiste cantar mientras hubiera 
Una cuerda con vida en tu garganta.

                   MANUEL MARIA MUSTELIER

*- Otras fuentes señalan que Pablo Quevedo nació el 6 de septiembre de 1907, pero que no pudo ser inscrito hasta meses después.

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