El Mercado de Cristina, cuando los cubanos compraban en la Plaza Vieja

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mercado de cristina

Ubicado en la actual Plaza Vieja radicó durante varias décadas el Mercado de Cristina, centro de abasto icónico para la Habana colonial. Aquella Plaza Vieja (que fue en algún momento Plaza Nueva hasta que se construyó la adyacente a la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje) había perdido gran parte de su aristocrática importancia tras la expansión del antiguo Barrio de Campeche hacia la zona del Arsenal (actual barrio de San Isidro).

Sería el controvertido y dinámico Capitán General Miguel Tacón, y su camarilla de amigos encabezada por el excelso ingeniero Manuel Pastor, quien en su amplio plan de reformas habaneras mandó a construir allí un mercado con casillas y condiciones mínimas para que los habaneros de la zona pudiesen abastecerse con lo necesario, dando origen al Mercado de Cristina.

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Aristocracia colonial en la Plaza Vieja

A comienzos del siglo XVIII aquella plaza era una de las más codiciadas de La Habana. Enmarcada entre las señoriales calles de Mercaderes, San Ignacio, Muralla y Teniente Rey enseguida se llenó de familias ilustrísimas que se instalaron allí construyendo algunos de los palacetes coloniales más amplios y aristocráticos de la ciudad.

Fueron vecinos de esta plaza los Santa Cruz, luego Condes de Jaruco, los Aparicio, los Condes de Jibacoa, algunos capitanes de la guarnición de la ciudad como Sotomayor y Ruiz de Guillén e incluso, años después, allí vivió el ilustrísimo historiador habanero José María Félix de Arrate. En la actualidad allí se encuentra el hotel Palacio de Cueto, antiguo Hotel Viena, con su esquina imponente.

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La explosión urbanística de la Plaza Vieja nos legó los amplios portales con arcadas de distintas alturas que hoy vemos, heráldicas familiares en las fachadas, balustradas y caobas finamente trabajadas, hasta llegar a la moda de los balcones de hierro cuyos dibujos sorprenden por la profusión de detalles y entramados de inspiración clásica aderezados por la imitación de formas tropicales.

Serán estos elementos junto a las lucetas (vitrales), los patios centrales interiores, los guardavecinos (igualmente trabajados con suma elegancia y ostentación) y los colgadores de lámparas (cuelga-farolas) los símbolos arquitectónicos innegables de la Habana vieja colonial.

Mercado de Cristina

Poco tenía que contar, arquitectónica y patrimonialmente, aquel edificio construido por orden de Tacón entre 1835 y 1836. Estuvo en el centro de la tercera plaza más antigua de la ciudad hasta que en 1908 el ayuntamiento decidió demolerlo, entre otras razones, por considerarla antihigiénica.

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Imagen de la Plaza Vieja tras la demolición del antiguo Mercado de Cristina en 1908

Se levantó, o al menos se nombró así, un nuevo parque con el nombre del ilustre general habanero Juan Bruno Zayas que tampoco tuvo muchas alegrías, pero esa es otra historia.

Astuto el General Tacón guardó su apellido, presente en todo lo que construyó, para la más elegante construcción de extramuros nombrada popularmente como Plaza del Vapor, en detrimento del oficial Mercado de Tacón.

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Litografía del interior del mercado de Cristina

El mejor compendio sobre lo que se vivía en el mercado de Cristina (nombrado de esta manera, por supuesto, en honor a la entonces Reina Cristina) es obra del novelista cubano por excelencia del siglo XIX, Cirilo Villaverde. El insigne colaborador de la revista literaria La Siempreviva, donde publicó por primera vez su (nuestra) Cecilia Valdés o La Loma del Ángel.

El mercado de Cristina por Cirilo Villaverde

«El Mercado de Cristina, era uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la Ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gente de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro, recinto harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío circunscrito por cuatro hileras de casas, quizás las más alterosas de la población, todas o la mayor parte de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal, que sostenían balcones corridos de madera.

En el centro se hallaba una fuente de piedra, compuesta de un tazón y cuatro delfines que vertían con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa, que sin embargo recogían afanosos los aguadores negros en barriles, para venderla por la ciudad a razón de medio real plata cada uno.

mercado de cristina litografía

De ese centro partían radios o senderos, nada rectos por ciertos, en varias direcciones marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso, en la apariencia sin orden ni clasificación, pues al lado de uno donde se vendían verduras y hortalizas, había otro de aves vivas, o de frutas, o de caza, o de raíces comestibles, o de Pájaros de jaula, (de legumbres, o de pescado de río y mar todavía en el cesto o en la nasa del pescador; de carnes frescas servidas en tablas ordinarias montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles.

Y todo respirando humedad; sembrado de hojas, cáscaras de frutas, y de maíz verde, plumas y barro sin un cobertizo ni un toldo ni una cara decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros, vahoradas de varios olores por todas partes; un guirigay chillón y desapacible y encima el cielo siempre azul.»

«Entraban en la plaza y salían de ella negros y negras; éstos con el propósito de hacer la provisión diaria para sus amos, aquéllos con el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas que revendían al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios extramuros; tráfico éste dicho sea de paso, bastante lucrativo en no pocos casos.»

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