Lorenzo García Vega, espirales de un no-poeta

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

Lorenzo García Vega subyace como el cuerpo irrecusable y rebelde del grupo-ente que gravitó alrededor de la Revista Orígenes y de su máximo exponente, José Lezama Lima. De aquel complejo grupo de creadores, con inquietudes creativas «homogéneas» -si bien no del todo cercanas, pero sí similares o al menos coexistentes dentro de un mismo lenguaje-, el primer gran vanguardista rebelde fue Virgilio Piñera, y dentro de esa línea disruptiva origenista se encontraba también el enfant terrible del grupo, un bisoño Lorenzo García Vega.

Aunque la realidad es que no existen definiciones precisas para ciertos escritores. Ni en la lengua de Malraux, ni en la de Lope de Vega, ni en la de Faulkner, ni mucho menos en los intrincados vocablos de las tierras del norte euroasiático. En cualquier idioma, Lorenzo García Vega, es una pequeña hoguera inmutable en medio de la estepa.

En las tantas fases de su escritura, – o ¿acaso solo fue etapa, siendo él mismo lo único que se mantuvo estático, mientras el ambiente circunstancial que le rodeaba se iba transmutando en una ruleta rusa de plumas extintas?- se experimenta la retroalimentación evolutiva de un lenguaje propio, creado para un discurso donde solo encuentra acomodo su voz.

lorenzo garcia vega palindromo en otra cerradura
Lorenzo García Vega y una de sus últimas publicaciones

El caso es que para acercarse a la obra de Lorenzo García Vega lo mejor es hacerlo con detenimiento, sin afán de medirle el traje, de buscar sus definiciones. ¡Ay!, dejándolo escapar a punto de alcanzar su indefinición mejor. En ese juego que manejó como nadie de sorprender con su estilo de narración bifurcada, donde cada palabra, presuntamente inocente, conecta varias ideas que se van abriendo a través de su narración.

El notario de Orígenes

En Jagüey Grande, poco menos que el Finisterre de los caminos del hierro de la época, vio la luz un 12 de noviembre de 1926. En aquel pueblo vivía entonces Agustín Acosta, el segundo poeta Nacional de Cuba, y la presencia allí de tan ilustre escritor provocaba no pocas peregrinaciones de amigos habaneros, deseosos de saludarle.

De allí salió Lorenzo García Vega para mudarse con su familia a la calzada de Jesús del Monte (a la que su compañero de Orígenes, Eliseo Diego dedicó uno de sus poemarios más famosos), una zona pintoresca, llena de vida, de La Habana. En el año 1954 se graduó en Derecho por la Universidad de La Habana y en 1961 hizo lo propio al graduarse en Filosofía y Letras.

Pero volviendo a su infancia, Jagüey Grande no era el fin del mundo en aquella época, es cierto -Baracoa reclama ese puesto-, pero se le parecía. Su cercanía con la Ciénaga de Zapata y el ambiente agrícola, abiertamente rural, generaron en el joven Lorenzo García Vega una aproximación abigarrada al medio escrito, dotando a sus textos de un sentido plástico cercano al surrealismo y, sobretodo, al collage cubista, estilo este totalmente intencionado por parte del escritor.

LA ZAFRA agustin acosta
La Zafra del poeta Agustín Acosta

En alguna ocasión el poeta diría que parte de esa obsesión viene de la portada del libro La Zafra de Agustín Acosta -ilustrado por su hermano, el pintor cubista José Manuel Acosta-. En la portada de este libro se observa el central Jagüey, escenario donde pasaba largas temporadas el pequeño Lorenzo García Vega en casa de sus familiares paternos. El descubrimiento del central a través del pincel de un cubista sería la orientación decisiva que se instalaría en su psique, despertando su estilo gracias a la colaboración de Lezama.

Lorenzo García Vega y José Lezama Lima

Aún adolescente se trasladó a La Habana con su familia. En la gran urbe comenzó a visitar algunas librerías, destacando las de la calle Obispo, en busca de libros, en su mayoría de corte filosófico. De estos años escribiría con sincera nostalgia posteriormente varias veces, refiriéndose a su transitar por esta zona habanera en una cacería de nuevos títulos.

«Los libritos de filosofía que sólo valían quince centavos, los libritos siempre desencadenados de la colección Tor»

Los años de Orígenes – Lorenzo García Vega
José Lezama Lima -En-el-Parque-de-la-Avenida-del-Puerto-con-Lorenzo-García-Vega,-1947
José Lezama Lima en el Parque de la Avenida del Puerto con Lorenzo García Vega, 1947

Fue una tarde que yo llegué a la librería y me encontré con que Lezama estaba en la parte donde estaba yo, en la trastienda de la librería Victoria (que estaba en la calle Obispo al lado de unos limpiabotas que les decían Los Reyes del Brillo). Yo no lo conocía. Y él me vio hurgando entre los libros y me dijo: «Muchacho, lee a Proust».

A partir de entonces comencé a ir a su casa. Lezama me daba una jaba de libros semanal que yo devoraba. Me formé totalmente con Lezama y un año después de nuestro encuentro decidí enseñarle unos poemas, yo le decía «mis papeles». Él los leyó y subrayó algunos versos que le gustaban. Lo demás lo consideró flojo, con los versos subrayados hizo una especie de collage, que sería luego «Variaciones» y es el poema mío que está en Suite para la espera y que apareció en la antología de los Diez poetas cubanos de Cintio Vitier.

En «Palabras de un no escritor», entrevista que le realizara Fernando Villaverde en 1983, para la revista Escandalar

Su relación con Lezama pasó por varias fases, pero incluso en su más polémica obra Los Años de Orígenes (1978) no deja de realizar valoraciones ambivalentes sobre su gran mentor, quien además fue el padrino de su hija Judith. La relación con el autor de Paradiso se deterioró al final de los años 60 y desapareció por completo cuando Lorenzo García Vega se exilió en 1968.

En Trocadero 162 en abril de 1953. Aparecen: Lorenzo García Vega, Mario Parajón, Lezama y Julián Orbón
En Trocadero 162 en abril de 1953. Aparecen: Lorenzo García Vega, Angel Gaztelu, Mario Parajón, Lezama y Julián Orbón

Con el tiempo, en las distintas entrevistas que le realizaron, seguiría resaltando las dotes de Lezama Lima como escritor y hombre de arte -evidenciando el aprecio y la influencia que recibió de este-, pero en el aspecto personal la ruptura fue definitiva, como con el resto de miembros de Orígenes.

Revista esta en la cual inició su colaboración en otoño de 1945, en la edición número 7, ya en su segundo año -y participando hasta el número 40, publicado en 1956-. Tenía, cuando Lezama le dio la oportunidad de colaborar, apenas 19 años, siendo el más joven con diferencia de los miembros del grupo.

Esta condición limítrofe entre generaciones le colocaba con un pie en los origenistas y otro, quizás más cercano por cuestiones de edad y estilo, a Ciclón (y posteriormente a parte de los miembros de Lunes de Revolución), sin embargo, pese a lo complejo de clasificar su obra, fue aceptado dentro del grupo como uno más, a fin de cuentas el gran nexo de la revista Orígenes era sublimar la poesía, salvarla del absurdo y de lo mundanal.

Cada obstáculo es una salida

Uno de los peores momentos de Lorenzo García Vega ocurre cuando compila, a petición de Lezama -quien estaba al frente de los libros que se editaban a través del Consejo Nacional de Cultura-, el libro Antología de la novela cubana. Desde las páginas de Lunes de Revolución se consideró un disparate la antología.

Coincidiendo con la publicación de este compendio el poeta presentó Cetrería del Títere, que en palabras del autor «es un libro muy auténtico sobre mí. Yo estaba tratando de expresar una serie de cosas. Que lo conseguí, no, no creo que lo consiguiera…» Para sentenciar «es un libro que no está resuelto«.

Lorenzo García Vega, José Lezama Lima, Fernández Retamar, Fina García Marruz, Angel Gaztelu entre otros el 8 de noviembre de 1953 en la Universidad del Aire
De izquierda a derecha Roberto Fernández Retamar, Lorenzo García Vega, Mario Parajón, Carlos M. Luís, Cleva Solís, Fina García Marruz, Octavio Smith, Cintio Vitier, Lezama, Edenia Guillermo y Ángel Gaztelu entre otros el 8 de noviembre de 1953 en la Universidad del Aire

Ante las críticas que recibió -en especial de Antón Arrufat desde Lunes de Revolución-, lejos de renegar de ambos libros los asume como pilares «del oficio de perder» como denominó a la escritura y a la creación en general. Sin echar balones fuera, aceptó los errores que presentan ambas obras, -acto poco común en los cubanos el de asumir los errores propios, teniendo en cuenta que somos una isla que ha elevado a divinidad la intransigencia revolucionaria-.

Inasequible al desaliento encontró en este bache el camino para comenzar un acercamiento a escritores cubanos anteriores, en sus propias palabras esto «le permitió descubrir un pasado literario cubano«, con carencias comparado con otros países de Hispanoamérica pero propio. De ahí que en la revista Cuba y la UNESCO -que dirigía su amigo Mario Parajón– donde encontró acomodo, realizase una serie de números monográficos sobre literatura cubana.

Durante gran parte de los años 60 se detiene su ritmo de publicación. En medio de diferencias con el proceso revolucionario que dirigía Fidel Castro, llegó a España dispuesto a no volver a Cuba, tras más de un año esperando el permiso para trasladarse a Nueva York conseguiría la autorización necesaria.

En Trocadero 162 en abril de 1953. Aparecen: Lorenzo García Vega, Mario Parajón, Lezama y Julián Orbón
En Trocadero 162 en abril de 1953. Aparecen: Lorenzo García Vega, Mario Parajón, Lezama y Julián Orbón

De Madrid no guarda buenos recuerdos, el silencio editorial cubano le siguió hasta la capital española donde la Revolución encabezada por Fidel Castro tenía muchos adeptos y aquellos cubanos que se exiliaron no eran recibidos con demasiado entusiasmo pese a que Lorenzo García Vega había ganado con su obra Espirales del Cuje el último premio Nacional de Literatura, conferido por el Ministerio Nacional de Educación en 1952.

En Nueva York vivió durante casi siete años (1970-1977), y de allí viajó a Caracas «el lugar más increíble del mundo» donde residió por dos años trabajando en el Centro de Investigaciones Científicas (CONICIT) como asesor técnico. Gran parte de su poemario «Fantasma juega al juego» refleja la fascinación que le despertó está estancia en Venezuela.

La Playa Albina (Miami)

Se estableció definitivamente en Miami alrededor de 1980, donde se encontró un ecosistema editorial hostil (como le sucediera a otros escritores y que con tanta precisión denunciara Reinaldo Arenas), incomprensible para él por momentos. Llegó a trabajar de bag boy (persona que ayuda a hacer la bolsa de la compra en los supermercados) en un Publix. Su libro-diario, publicado póstumamente, Cuaderno de un Bag Boy (Editorial Casa Vacía 2016) refleja su inquietud creativa constante.

Volver al Cuaderno. Rigor. Conveniente sería, siempre, tener en cuenta el rigor. Pero ¿qué sentido…? Habrá una exigencia interior de sinceridad, una exigencia, diríamos de traducir fielmente. Pudiera ser, quizá, que interiormente se quisiera utilizar el rigor. Expresar el lenguaje de una identidad (una identidad perdida o, al menos, lamentablemente cuestionada).¿Quién sabe?

Cuaderno de un Bag Boy-Lorenzo García Vega

Continuaría escribiendo y publicando desde la playa albina como nombró cariñosa e irónicamente a Miami, en ese juego de reversos suyos. Su escritura compleja, a veces viciada, no impide que el lector se sienta atraído por la narración, pese al collage constante con el cual se van desarrollando sus libros, y se sumerja en el fascinante mundo interior de García Vega.

Falleció en Miami un 6 de junio de 2012, sin volver a La Habana, ni a su Jagüey de la infancia donde no quedaban abuelas ni tías tras las puertas. Había ajusticiado a no pocos fantasmas con sus publicaciones -envuelto en varias polémicas con sus contemporáneos por ello, y se fue libre, porque un escritor valiente siempre es libre.

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