La muerte de Marroquín: Una «crónica roja» del boxeo en La Habana

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

diciembre 21, 2020

La muerte de Marroquín: Los inicios del boxeo en Cuba, como suele suceder en los deportes de combate que se practican con más entusiasmo que medidas de seguridad, no estuvo exento de sus tragedias.

Una de las más recordadas y que alcanzó ribetes de leyenda gracias a la crónica roja fue, sin dudas, la muerte de José Marroquín, a consecuencia de un terrible KO propinado por su oponente Alejandro Publes.

La «crónica roja» de Marroquín

La noche del 24 de marzo de 1919, según escribió en su denuncia el teniente de la policía Herminio Incháustegui, entonces jefe de la Sección de Expertos, se produjo en el Recreo de Belascoaín «un duelo en toda forma» entre los boxeadores José Marroquín y Alejandro Publes en el que «los boxeadores no usaron guantes, sino que emplearon los puños».

En esa pelea, Publes le propinó tan tremenda paliza a Marroquín que este tuvo que ser ingresado en el Hospital Militar (pues era soldado del Ejército Nacional), donde falleció a las pocas horas.

Los médicos certificaron que, sin dudas, la muerte de Marroquín había ocurrido como consecuencia de la golpiza recibida, lo que llevó al inspector Incháustegui a declararla como un homicidio.

A la tarde siguiente ya estaba el diligente funcionario enviando la denuncia al juzgado y de ahí saltó a la crónica roja de la prensa, lo que provocó un gran debate sobre la justicia de semejante acusación que podía terminar con los huesos de Alejandro Publes en prisión.

La verdad de la muerte de Marroquín

Eran años en que las autoridades cubanas no simpatizaban mucho con el boxeo. Había estado prohibido por el Ayuntamiento de La Habana que lo consideraba como una causa de pendencia y recién habían conseguido los promotores que se levantará el veto para poder organizar carteles.

En ese contexto, la idea de que un boxeador aficionado terminara en la cárcel por los celos excesivos de un funcionario de policía no era para nada descabellada.

Por suerte para Alejandro Publes, la prensa, que era una de las más entusiastas defensoras del boxeo – no olvidar que el periódico Cuba había levantado el famoso Ring del mismo nombre e impulsado la práctica de ese deporte en la Isla – salió en su defensa.

Demostró primero, en justicia y con testigos, que el combate había sido legal, con reglas y «con guantes», todo lo opuesto a lo que había concluido en su denuncia el jefe de los expertos.

Luego, los periodistas defendieron con éxito la idea de que la muerte de José Marroquín se había debido a un terrible infortunio, pero que, de ninguna forma, podía considerarse un homicidio.

El juez dio por buenos estos argumentos: Publes siguió libre y las peleas de boxeo, cada vez más populares, continuaron siendo legales.

En cuanto al Teniente Incháustegui y al finado Marroquín: el primero vería compensado su celo con un ascenso a capitán de la policía, mientras el segundo sería olvidado como una pasajera crónica roja del boxeo en La Habana.

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