La Habana de 1890 a los ojos de un turista americano (II)

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.
Ópera en el Teatro Tacón

Reseña sobre La Habana nocturna tomada del libro: «Viaje a América, Tomo 2 de 2 / Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico» de Rafael Puig y Valls. Editado en 1894.

Viñetas de La Habana nocturna

Por las noches, el Parque se llena de gente; la animación crece hasta las diez; los negritos que vocean los periódicos del día, los buhoneros con sus baratijas, los concurrentes a Tacón, Payret y Albisu que salen a respirar el aire fresco en la calle, los cafés Central y Tacón llenos de luz y consumidores, la banda militar animando el cuadro y tocando lo mejor de su repertorio, dan al centro de La Habana, durante las primeras horas de la noche, una animación extraordinaria.

Paseo del Prado

Paseo del Prado

Alguna gente circula por el Prado, centro aristocrático, iluminado con luz eléctrica que va del Parque al castillo de la Punta, sitio agradable, de buen caserío, donde se disfruta la brisa del Atlántico y la tranquilidad de sitio poco frecuentado por carruajes y gentes dedicadas al comercio al por menor.

De más tránsito y lucida concurrencia disfrutan, durante el anochecer, las calles de Empedrado, O’Reilly, Obispo y Teniente de Rey, casi paralelas entre sí y de ejes normales a la bahía, con sus tiendas profusamente iluminadas y aparadores bien surtidos, que pierden el aire de tristeza que tienen durante el día y les da la luz filtrada al través de toldos y cortinas de malla tupida, tendidos sobre calles estrechísimas que se defienden de los rayos caloríficos del sol y de su luz intensa y devoradora.

La Habana nocturna a finales del siglo 19

Calle O’Reilly

Más concurridas están aún las calles transversales a las mencionadas en el párrafo anterior, llenas de tabernas y de gente bulliciosa que busca el placer venal, ofrecido a manos llenas, tras balcones y ventanas enrejadas, por celestinas y mujeres de todas las castas y de todos los colores.

Desde el negro azabache al blanco del sajón, pasando por el tipo mulato que es la tentación y el peligro más grande de los hogares antillanos, según opinión de los que conocen a fondo las costumbres y las pasiones de nuestros hermanos de Cuba y Puerto Rico.

La alegría, en aquellos barrios, muéstrase al exterior ruidosa y desvergonzada; vívese allí, poco menos que en la calle, y los escritores realistas hallarían con poco esfuerzo y poco gasto, materia sobrada, aunque poco decente, al correr de la pluma.

Dicen las gentes del país que no se recorren aquellas calles sin peligro, que el vino y el amor son pendencieros, que es vario el humor de razas que junta sólo el placer breves instantes, y que la curiosidad tiene allí, algunas veces, castigo muy superior al pecado venial cometido, yendo tras el conocimiento de costumbres que sólo se distinguen en las diferentes latitudes del mundo por el escenario y la forma con que las decora la idiosincrasia especial de cada pueblo.

Y si de aquellos antros, donde se mueven figuras tan extrañas y tipos tan distintos, iluminados, en salas desmanteladas de mueblaje sucio y raído, por candilejas y velones, donde alternan la india mexicana de cara aplastada, ojos velados y tristes que recuerdan los rasgos fisionómicos de la raza amarilla y especialmente del pueblo chino, con negras de labios carnosos y caídos, mulatas de ojos avispados y labios rojos y concupiscentes, cuarteronas y blancas solicitando favores con las ansias de la miseria y el vicio, se pasa al teatro Tacón en días de beneficio, numerosísimos allí, que todos los motivos son buenos para ejercer actos de caridad o filantropía en la sociedad culta y humanitaria de la capital de Cuba.

Teatro Tacon

Teatro Tacón, el alma de La Habana nocturna

Nótase la sacudida de una transformación tan radical que el ánimo parece recrearse en aquella atmósfera tibia y perfumada, en aquella sala llena de luz y mujeres hermosas, lujosamente ataviadas, luciendo escotes soberbios, de aquellos que desafían a la maledicencia cuando duda si los esconde el pudor o la fealdad.

Desde un palco platea a que me invita la cordial y ostentosa hospitalidad de un amigo, recreo la vista mirando la finísima traza de la platea, cómoda, holgada y elegante, los palcos quizá un tanto pequeños, especialmente los proscenios con relación a la capacidad del teatro, el adorno sobrio y bien entendido, la iluminación espléndida y bien repartida, el aire entrando por las aberturas cerradas sólo con persianas, pero, aun así, habiendo en la sala intenso calor, el teatro lleno.

Las partes altas con gente de color, mulatos especialmente, que aplauden de manera estruendosa un drama titulado «La mulata», en cuya trama romántica figura como heroína una mujer de color, víctima de blancos viciosos y criminales.

En los palcos y platea señoras irreprochablemente vestidas, dominando las morenas, de ojos grandes, encantadores, y cabellos negros, tan negros como los tienen únicamente aquí los que usan o abusan de la química, y caballeros con frac o smoking, elegantes y atentos con las damas, a las cuales obsequian con dulces y flores.

A última hora y a la salida de los teatros, la buena sociedad cubana cena en los restaurants del Parque y calles anexas, cuyo servicio es esmerado, o toma helados y chocolates en los cafés y cervecerías, hasta que los tranvías del Cerro y el Vedado y los carruajes de particulares, en hora avanzada de la noche, van desapareciendo del Parque, que recobra la tranquilidad perdida durante las últimas horas de la tarde y primeras de la noche.

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