La Habana de 1890 a los ojos de un turista americano (III)

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

noviembre 15, 2020

Reseña sobre El Cerro de La Habana tomada del libro: «Viaje a América, Tomo 2 de 2 / Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico» de Rafael Puig y Valls. Editado en 1894.

Ya que he citado el Cerro y el Vedado, centros de veraneo de los habaneros, algo he de apuntar aquí, aunque no tenga, especialmente el Cerro, fisonomía propia que lo distinga de otras calles excéntricas de la capital de Cuba, como no sea por su caserío más suntuoso y sus jardines tropicales.

Residen o mejor residía la sociedad más selecta de aquella ciudad, y se daban fiestas brillantísimas, cuando el dinero abundaba y decía la gente que La Habana era una de las ciudades más ricas del mundo.

El Cerro de La Habana en decadencia

Quizá la fisonomía borrosa de hoy, en calle no muy ancha, polvorienta y llena de baches, cuyo eje sigue un tranvía de coches reviejos y descoloridos, lanzando los vehículos que la cruzan oleadas de polvo que dan a las fachadas, ya descascarilladas, apariencias de pobreza y suciedad, presentaba entonces signos de mayor grandeza, grandeza que hoy se oculta en el fondo de las quintas y en los jardines verdaderamente espléndidos, en que la palmera real y el cocotero alzan sus troncos y sus palmas por encima de las azoteas, como muestra de la fecundidad asombrosa del suelo y el clima de la grande antilla española.

Una visita hecha a una familia habanera distinguidísima que habita en el Cerro, me permitió echar una rápida ojeada al interior de aquellas casas.

Tiene la fachada fisonomía italiana, algo que recuerda las casas de Pompeya reconstruidas; breve pórtico facilita el paso a un vestíbulo grande, limpio, que sirve de entrada a las habitaciones y de cochera, que alineados están allí tres carruajes, cubiertos y enfundados.

El criado, que va en mangas de camisa, me guía a una de las habitaciones que da al jardín, y como la señora no me espera ni me conoce, me da tiempo para escudriñar la estructura de la casa.

Habitaciones espléndidas por su holgura y limpieza; techos elevadísimos que enseñan sin reparo sus cabrios desnudos de madera finísima, con sus bovedillas enlucidas como las paredes, blanco todo y reluciente, contrastando con el verde intenso de las persianas que cubren todas las aberturas, dejando al aire del jardín ancho espacio para circular por las habitaciones.

Las habitaciones están amuebladas con sillas y sillones de rejilla, cómodos, ligeros, apropiados al clima, adornadas las paredes con grandes cuadros de afamados pintores, abundando los muebles de maderas ricas, patrimonio de los bosques cubanos; cómodas, armarios, anaqueles, marcos ostentosos de espejos biselados, pero pegado todo a las paredes, sin consentir que el aire halle en las habitaciones obstáculos para circular libremente.

Otorgando todo al conjunto una fisonomía un tanto fría para los que estamos acostumbrados a ver salones alfombrados, cuajados de muebles, con sillas y sillones tapizados, abundando los contornos suaves, redondos, blandos, que constituyen una base de confort completamente distinta de la indumentaria propia de los climas tropicales.

Terminada la visita, echo una rápida ojeada al barrio, mientras espero el tranvía que me ha de conducir al hotel.

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