El Titanic y La Habana

Ernesto Fumero Ferreiro

Habanero de nacimiento, ojo crítico para su historia.

En la noche entre el 14 y 15 de abril de 1912 ocurrió la conocida catástrofe del hundimiento del trasatlántico Titanic lo que ocasionó la muerte de unas 1500 personas a bordo.

Uno de los pasajeros del célebre buque era un residente en La Habana llamado Servando Ovies. Servando había nacido en Avilés, Asturias, en 1876 y a los 15 años había emigrado a Cuba.

En La Habana había empezado a trabajar en el negocio de su tío materno, José Antonio Rodríguez, llamado El Palacio de Cristal, una empresa especializada en la venta de telas y ropas.


Servando Florentino Ovies (Víctima del Titanic)

Servando José Florentino Ovies y Rodríguez, quien había vivido la mayor parte de su vida en La Habana y que moría en la catástrofe del Titanic a los 36 años.


Servando había comenzado en los puestos más bajos del negocio pero con el tiempo había ido adquiriendo conocimientos y ascendido de posición. Veinte años más tarde estaba casado con una cubana, tenía un pequeño hijo y era gerente de la empresa.

En su puesto en el Palacio de Cristal, Servando acostumbraba a hacer viajes de negocios a Europa, generalmente para comprar tejidos en Francia. En enero de 1912 partía en el vapor “Habana” con destino a New York y de allí seguía viaje a Europa.

Pasó por lugares como Inglaterra y Francia y también, como de costumbre, pasó por Avilés a visitar a su madre. Allí, en una comida familiar, contó de sus planes de regresar a América en el Titanic, el barco más seguro del mundo.

Para el 9 de abril estaba en París y al otro día subía a bordo del buque en la ciudad francesa de Cherburgo. El pasaje comprado por Ovies era de primera clase y le había costado 27 libras (unos 4200 dólares en la actualidad).

El camarote, D-43, estaba en la zona cercana a la proa del lado de estribor, justo donde el iceberg abría el casco del barco unos minutos antes de la medianoche del 14 de abril.

No se sabe si Servando estaba entonces en su cabina o si estaría todavía en uno de los salones del buque. Lo cierto es que no sobrevivió el hundimiento. Tenía entonces 36 años.

El 23 de abril eran rescatados 124 cadáveres de la catástrofe. Uno de ellos, marcado con el número 189, era luego identificado por su primo como Servando Ovies.

El cadáver fue enterrado en un cementerio de la ciudad canadiense de Halifax.

En realidad existen dudas sobre la veracidad de la identificación pues las ropas no se correspondían con las de un pasajero de primera clase y llevaban unas iniciales que no se correspondían con el nombre de Servando pero en esa época era imprescindible la existencia de un cadáver para hacer posible el cobro de la herencia. Como ya he contado, Servando dejaba en Cuba a su esposa y a su pequeño hijo, que llevaba también su nombre.

Del Titanic a La Habana

Pero Servando no fue el único pasajero del Titanic con una relación con La Habana. A bordo del buque habían otras cuatro personas con el objetivo de emigrar a la capital cubana.

Estos eran los catalanes Julián Padró, Emilio Pallás, Florentina Durán y Asunción Durán.


Emilio Pallás y Julián Padró sobrevivientes del Titanic

Emilio Pallás (izquierda) y Julián Padró (derecha) días antes de abordar el Titanic. Tras regresar a Cataluña, Emilio se casó y fue propietario de una panadería. Cojeó el resto de su vida a causa de la pierna que se partió al saltar al bote salvavidas. Murió casualmente un 14 de abril, pero de 1940, 28 años después de los sucesos del Titanic.

Julián se quedaría a vivir en La Habana y en 1941 adquiriría la ciudadanía cubana.


Julián, de 26 años, y Emilio, de 29, eran dos amigos que tenían un hostal en Barcelona. Un día decidieron venderlo todo y emigrar a Cuba.

Con ellos viajaban las hermanas Florentina (30) y Asunción (27). La primera era la prometida de Julián. Los cuatro viajaban con pasajes de segunda clase y también abordaban el buque en Cherburgo.

Como destino final del viaje habían todos indicado una vivienda en la Plaza del Vapor donde, al parecer, vivía un pariente de Julián.

Cuando el iceberg chocó con el barco, Julián sintió el impacto pero no le dió mayor importancia y siguió durmiendo. Un rato más tarde eran avisados por un pasajero argentino (o uruguayo) que los ayudó a llegar a la cubierta.

Allí Florentina y Asunción lograron abordar un bote salvavidas pero a Julián y Emilio no se lo permitieron. Los novios tuvieron que despedirse pensando que probablemente fuese la última vez que se vieran. Pero la situación era desesperada, el agua iba subiendo y la popa del buque comenzaba a elevarse.

La gente que quedaba a bordo corrían como locos y algunos se lanzaban al mar. Julián y Emilio vieron un bote salvavidas varios metros más abajo que, cargado de pasajeras y tripulantes, estaba descendiendo al agua y se lanzaron a él.

Ambos cayeron en el bote pero del golpe Emilio se partió una pierna y perdió el conocimiento en los primeros momentos. Un rato más tarde, y a unos 300 metros del barco, los dos amigos veían como el Titanic era tragado por las aguas del Atlántico.

Horas más tarde los cuatro eran rescatados por el buque Carpathia y llevados a New York. Desde allí siguieron su viaje a La Habana.

Emilio, sin embargo, regresó a España tiempo después. Julián y Florentina se casaron y vivieron en nuestra ciudad el resto de sus vidas.

Con el tiempo él se convirtió en propietario de una compañía de autobuses y se mudaron a una casa en Palatino.

En 1941 él obtuvo la ciudadanía cubana (no sé si ella también lo hizo). Florentina murió en 1959 mientras que Julián fallecía en 1968, a los 83 años. Ambos están sepultados en el Cementerio de Colón.

De la vida de Asunción no he leído casi nada; en un sitio se supone que, al igual que su hermana, se quedó a vivir en Cuba mientras que en otro lugar dice que regresó a España junto con Emilio.

Hoy podemos detenernos un momento y pensar en aquellas personas que un día como hoy vivieron aquella tragedia; personas reales, no sacadas de una película. Como un habanero que nunca pudo regresar a su familia o esa pareja de enamorados que tuvo que despedirse en la cubierta del barco para reencontrarse horas más tarde y vivir el resto de sus vidas en nuestra ciudad.

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