El Cementerio de Espada fue el primer cementerio construido en La Habana y el segundo de su tipo en América, tras el cementerio de Bogotá (conocido como La Pepita e inaugurado en noviembre de 1793 y que se mantuvo en funcionamiento hasta 1887) con la salvedad de que este, a diferencia del Cementerio General de La Habana (o Cementerio de Espada), solo recibía los enterramientos de las personas pobres de la ciudad, que se acumularon en grandes cantidades tras el terremoto de 1785, desatando múltiples epidemias, hasta que 1820 los ricos acceden a ser enterrados allí.

Así que, ser o no reconocido como el primero de América es lo de menos, el Cementerio de Espada (o Cementerio General) fue construido desde el primer momento con el fin de contar con las mejores condiciones disponibles en la época y se terminó su construcción antes que el Cementerio Norte de Madrid (1809), el primero de la Capital de la Metrópoli.

Esta necrópolis significó una mejora sustancial en salubridad para la ciudad de La Habana y fue muy útil hasta que la epidemia de cólera de 1833 y la de 1850-1854, junto al crecimiento continuo de La Habana, provocaron que la situación epidemiológica de la ciudad se fuera de las manos convirtiendo en obsoletas sus dependencias, y obligando de paso a las autoridades a ordenar la construcción del Cementerio de Colón.

Ritos funerarios en La Habana antes del Cementerio de Espada

El primer cementerio construido con las condiciones mínimas requeridas en la ciudad fue obra de una donación de Don Juan José Díaz Espada y Landa, obispo de La Habana, quien aportó cerca de la mitad de los 46 000 pesos que costó erigir el cementerio cuyo nombre sería Campo Santo pero que sería conocido por todos los habaneros con el apelativo de Cementerio de Espada.

Antes de erigir el Cementerio de Espada los cuerpos se enterraban en las iglesias, divididas para este fin en diez tramos, ordenados por orden de jerarquía a partir del altar mayor. El precio de una sepultura adyacente a la primera línea cercana al altar costaba cerca de 120 pesos de la época mientras que los tramos más lejanos solo 8 pesos y dos reales.

cementerio de espada mialhe 1841

Por los niños se pagaba menos, entre 6 y 8 pesos, mientras que los negros y mulatos solo podían ser enterrados cerca de la puerta o detrás del coro y debían pagar entre 1 y 3 pesos. Los esclavos si se querían entrar en la iglesia costaban a sus dueños apenas 8 reales y sus restos solo podían ser enterrados detrás del coro.

Aquellos que no podían pagar por su sepultura en las iglesias terminaban en el litoral de San Lázaro, donde encontraron sepultura muchos extranjeros desde la época de la toma de la ciudad por las tropas inglesas -esta zona se corresponde con el Complejo Deportivo José Martí y luego quedaría como el Cementerio de los Protestantes hasta que se habilitó una zona en el Cementerio de Colón-.

A estos gastos había que sumar el trabajo manual de abrir las sepulturas -doce reales los adultos y seis los niños- y el coste de los ataúdes -sin vestir costaban 4 reales y los más refinados podían llegar a costar un peso-. Los sacerdotes quedaban exentos de pago.

cementerio espada

En los ingenios las jornadas agotadoras, los maltratos, la escasez de comida y los suicidios provocaban cadáveres en descomposición constantemente. Los mayorales enterraban en el monte a los muertos pero el Obispo Tres Palacios -antecesor del Obispo Espada- permitió habilitar en los límites de los ingenios pequeñas fosas a modo de cementerios improvisados con el fin de dar sepultura cristiana a aquellas oprimidas almas.

No obstante debían trasladarse a las iglesias dichos cuerpos para recibir eclesiástica sepultura pero los dueños de los centrales apenas cumplían con este deber. Sin derechos en vida, en la muerte recibían igual trato los esclavos que levantaban la riqueza de la Isla.

Cementerio de Espada

Como en tantas cosas del período, La Habana se adelantó a los territorios peninsulares así que para cuando llegó en 1804 la ratificación del edicto de Carlos IV firmado en 1789 que obligaba al cumplimiento de la Real Cédula dictada por su difunto padre, obligando a cesar los enterramientos en las iglesias y ordenando la construcción de camposantos, ya la ciudad contaba con las obras del Cementerio de Espada en construcción.

Según Jacobo de la Pezuela el primer sitio elegido fueron los terrenos del Arsenal. pero se desestimó esa locación y se eligieron los terrenos en las inmediaciones de la costa de San Lázaro. En dichos terrenos, cedidos por el protomédico Teneza para erigir el hospital de lazarinos, se procedió a habilitar la zona que ocuparía el camposanto.

obispo-espada

Para ello el Obispo Espada -cedió parte de los jardines de una quinta de su propiedad- y el Capitán General de la Isla, Salvador de Muro y Salazar, más conocido como el Marqués de Someruelos, cedió parte de los fondos con los cuales compraron al hospital de San Lázaro la zona más al oeste de sus terrenos, más o menos por la zona de la actual Calzada de San Lázaro. Las obras se iniciaron en 1804 y estaban a medias cuando llegó el edicto Real que daba validez a la iniciativa del Obispo Espada.

El arquitecto Allet dirigió las obras que contaron con el apoyo económico de la Real Sociedad Patriótica, el Ayuntamiento de la ciudad y El Cabildo Eclesiástico. El marqués de Someruelos facilitó personal del presidio y apoyo logístico lo que permitió acelerar en gran medida las obras del Cementerio de Espada quedando dispuestas para la inauguración el 2 de febrero de 1806.

Las obras comprendieron la realización de muros de circunvalación con una capilla y su patio interior. Con el paso del tiempo se fueron añadiendo terrenos del Hospital hasta llegar a contar con cuatro patios, de similar diseño al que tendría el Cementerio de Colón, quedaron estos cuatro campos separados por dos calles. Cada uno tenía unas dimensiones aproximadas de 150 varas (125 metros) de largo por 100 (84 metros) de ancho, con un humilde osario en cada ángulo.

Sobre la puerta principal del Cementerio de Espada se encontraba un conjunto monumental de bronce que representaba al Tiempo y la Eternidad. Desde esta puerta se llegaba hasta la capilla que, en riguroso neoclásico, fue uno de los cuatro edificios habaneros de este estilo – junto al Templete, el Asilo de Mendigos y la Quinta de los Condes de Fernandina – que en la primera mitad del siglo XIX ostentó un elegante frontón encolumnado, que le otorgaba un aspecto tan digno como sobrio; y que según el historiador Jacobo de la Pezuela le otorgaba:

«(…) un sello peculiar de templo antiguo»

Como su exterior, el interior de la capilla del Cementerio de Espada era sencillo, sin excesos innecesarios que rompieran con la solemnidad de la muerte: Un crucifijo de marfil sobre una cruz de ébano dominaba el altar y en las paredes se ocho matronas con los ojos vendados y vasos con esencias aromáticas en las manos guiaban el camino de los difuntos.

A pesar de que en esos años la Iglesia establecía que las necrópolis debían llevar cinco cruces (una central y una en cada lado del cuadrilongo) la cruz principal del Cementerio de Espada se encontraba se encontraba al norte en la capilla y en vez de cuatro cruces, lo decoraban cuatro negros obeliscos de jaspe.

Para la inauguración se sembraron en la entrada dos almendros, la crónica de la época señala que fueron el Obispo Espada y el pintor Vermay los encargados de realizar dicho acto. Se desveló además una lápida sobre la puerta de entrada donde aparecía la siguiente inscripción:

«A la religión. A la salud Pública. MDCCCV»

El Obispo Espada compró de su bolsillo a los tres primeros negros esclavos para carruajes y tres carruajes con otras tantas mulas para encargarse del transporte de los muertos.

Los Nichos, un negocio

Al clarear la década de 1840 ya se habían sepultado en Espada más de 150 000 personas, todas en el suelo, con el indeseado efecto colateral de que la necrópolis se fuera quedando sin espacio para los enterramientos.

En abril de 1845 la situación del Cementerio de Espada obligó a adaptar una idea, según José María de la Torre: muy industriosa que, en varios giros dejó rastro de su paso por La Habana. Se refiere el historiador a Doña Manuela, la esposa del Capitán General Leopoldo O’Donnell, quien sugirió la idea de organizar los cadáveres en los nichos.

Tal idea caló y la concesión a una empresa privada de dicha construcción de los nichos del Cementerio de Espada generó una ruptura tremenda en la sociedad de la época. Hasta entonces el Obispado de La Habana se había encargado de gestionar todo lo relativo con los enterramientos, pero la construcción de estas paredes funerarias y la gestión de las mismas por un lapso de 20 años se concedió a una empresa de capital privado, ajena a la jurisdicción eclesiástica.

cementerio de espada 1906

El tiempo demostraría que dicha empresa pertenecía a un testaferro de Doña Manuela, quien, desgraciadamente, fallecería a los pocos meses siendo de los primeros integrantes de los nichos, -situación similar a la vivida por el constructor originario del cementerio de Colón-. Tras la muerte del testaferro, Doña Manuela pasó la explotación de los nichos a manos del señor Guillot, muy conocido, según Jacobo de la Pezuela, entre la sociedad civil y adinerada de la época.

El negocio de los nichos del Cementerio de Espada radicaba en que para su construcción se usaban ladrillos de muy baja calidad, reaprovechados de fábricas viejas o de residuos de estructuras demolidas a un coste de quince a diecisiete pesos cada nicho de la galería y se vendía al cementerio por cerca de 100 pesos, por su explotación a veinte años.

El negocio prosperó hasta que el Obispado consiguió que le fuera entregado este derecho. El Obispo de Fleix al retirarse en 1860 se marchó a su Tarragona natal con más de 200 bultos y cerca de 200 mil pesos en oro que serían depositados en el Banco Español, una parte de aquellos fondos fueron destinados a erigir el Cementerio de Colón, que demostraban que en pocos años los nichos resultaron ser rentables, sino en temas de salubridad, al menos sí económicamente.

Algunos sucesos trascendentes del Cementerio de Espada.

8 estudiantes

Adyacente a los terrenos del Cementerio de Espada se erigió la Sala de Anatomía, o de San Dionisio, de la Escuela de Medicina donde recibían clases los estudiantes de medicina, injustamente acusados de atentar contra la tumba de Gonzalo de Castañón, fusilados el 27 de noviembre de 1871.

Anteriormente en dicho cementerio se embalsamó el primer cadáver del país. Fue en 1841 y el gran médico habanero que llevó a cabo esta labor fue José Nicolás Gutiérrez, uno de los grandes hombres de ciencia de este período y considerado el primer cirujano de renombre de Cuba, quien fuera además fundador de la Academia de Ciencias y Rector de la Universidad en 1879.

El 3 de noviembre de 1878, por orden del capitán general Arsenio Martínez Campos, quedó clausurado definitivamente el Cementerio de Espada. Hasta el momento se había realizado cerca de 315 mil inhumaciones. En 1908 bajo el gobierno de intervención norteamericano del General Charles Magoon comenzó la demolición paulatina del cementerio, disponiendo del traslado de los restos al Cementerio de Colón.

callejon de aramburu

Callejón de Aramburu donde se observan los restos del antiguo cementerio de Espada.

Aunque aquel encargo no se realizó correctamente, como se observa en las fotos que suministramos, pues aún hoy quedan fragmentos de las viejas galerías de nichos del Cementerio de Espada en el conocido como callejón de Aramburu.

Sobre la zona donde se encontraba el Cementerio de Espada siempre ha corrido el rumor de que, de manera similar al cementerio Chino con la calle 26, bajo el pavimento de la calle Aramburu quedan restos humanos que no se llegaron a trasladar a la necrópolis de Colón. No sabremos si es veraz este rumor pero en la pared que se conserva se observan perfectamente los espacios rellenados, de los antiguos nichos, del primer cementerio de La Habana.