Doña Lydia Cabrera, cubanía a la altura de las palmas

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.
Lydia Cabrera

Lydia Cabrera Marcaida no tiene nada que ver con Guillermo Cabrera Infante y este es solo uno de los puntos en los cuales se evidencia el desconocimiento que sobre su figura se cierne. Esta cubanita que nació un 20 de mayo de 1899 se ganó por derecho propio dejar de ser la hija de… la cuñada de… la amiga de… para erigirse ella misma en una escritora, etnóloga y antropóloga referencial para entender las raíces afrocubanas de nuestra patria.

Hija del matrimonio entre el eminente jurista, historiador y publicista Raimundo Cabrera y Elisa Bilbao Marcaida y Casanova. Aunque era la menor de ocho hermanos, ella se definió como «hija única» porque los seis años de diferencia que existían con su otra hermana, además de la cercanía que desde su niñez tuvo con su padre, le hacían sentir así.

lydia cabrera- raimundo cabrera

Quizás esa distancia emocional con su ambiente familiar fue lo que la llevó a escribir pues ella misma veía en la escritura una forma de expresión común en el ambiente intelectual que la rodeaba y lo hacía sin la maldad que demanda publicar. Sin embargo con apenas 18 años podía añadir a sus méritos el de convertirse en redactora del Diario de la Marina.

Lydia Cabrera, lo negro en Cuba

Para nuestra Lydia Cabrera la vida era una constante vorágine de información que discurría a su alrededor; su curiosidad era el combustible que necesitaba un intelecto como el suyo para ir siempre más allá de lo evidente, profundizando en aspectos que otros intelectuales desdeñaban por prosaicos.

Su padre había amasado una riqueza considerable en el período colonial, que se vio amplificada con el advenimiento de la República y las revistas y periódicos en los cuales colaboró, eso le permitió a doña Lydia contar con «tatas» negras que le contaban historias de sus orishas. Con algunas de ellas se sintió acompañada aquella niña enfermiza que recibía las clases en su propia casa. De aquellas horas entre negras y mulatas nació un desaforado interés por aprender cómo vivían las clases más pobres de la sociedad, y en especial, los ritos y costumbres de los negros.

Pero Lydia, precoz como era, comenzó a tomar otros rumbos y con apenas 13 años empieza a colaborar con la Revista de su padre «Cuba y América«. Bajo el seudónimo de Nena, la adolescente, recrea en su columna semanal los temas de sociedad relativos a la vida habanera de la época.

La Habana estaba a orillas del Sena

Aquellos recuerdos de la infancia reflotaron en Lydia cuando, estando en París, asistió a una exposición de arte africano con Francis de Miomandre. En la velada surgió el tema del arte africano y Lydia le comentó al destacado escritor que ella tenía unos cuantos cuentos negros que había escrito para entretener a su amiga Teresa de la Parra cuando esta había estado enferma. Francis, amante del mundo afro, insistió en leerlos y tres días después se apareció con el cheque de la editorial para publicar aquellos Cuentos negros de Cuba (París, Gallimard, 1936) que aparecieron en francés antes que en español (1940).

lydia cabrera maria zambrano 1

La propia Lydia Cabrera reconocería tiempo después que aquellos cuentos tenían bastante de su propia imaginación pues no perseguían otro fin que entretener a su amiga enferma. En aquel momento la vida de la escritora había dado un giro desde un par de años antes pues su queridísimo padre había fallecido en 1923, y tras esto la joven decidió marcharse a París en 1927, con su amiga Amelia Peláez, a estudiar pintura durante tres años en «l’École du Louvre«.

En Cuba dejaba una tienda que se dedicaba a importar decoración de interior y antiguedades, además de una fábrica de muebles de cierto nombre en la cual trabajaban 25 ebanistas. En La Habana había recibido clases de Leopoldo Romañach y en París conoció a Alexandra Exter de la cual también recibió clases. Cuando descubrió que las artes plásticas no eran lo suyo destruyó parte de su obra, por lo que no nos ha llegado más que sus letras y sus fotografías.

dibujo de lydia cabrera
Uno de los dibujos de Lydia Cabrera

El éxito relativo de aquel primer libro provocó en Lydia fomentó el interés en el mundo afrocubano y al volver a la isla debido al inicio de la Guerra Mundial, después de casi diez años en Francia, comenzó a relacionarse con el mundo afrocubano de la mano de su cuñado (casado con su hermana Esther Cabrera) don Fernando Ortiz que estaba al frente de la institución Hispanocubana de Cultura. A estos estudios se juntó la restauración de varios edificios coloniales que realizó con algunos de sus antiguos trabajadores y en colaboración de María Teresa de Rojas. Entre estos edificios está la Iglesia de Santa María del Rosario, la Quinta San José donde estuvo el campamento Lazear (propiedad de María Teresa) y el Palacio Pedroso (también propiedad de María Teresa)

Lydia, a través de las palabras

De aquel período europeo Lydia conservaría grandes amistades como las de Margarita Xirgú, Paul Verger o Carmen Conde pero sin dudas la tarde que coincidió con Federico García Lorca en casa de José María Chacón y Calvo sería de sublime recuerdo para ella.

El negro cubano era muy abierto y estudioso de su herencia, conservaban sus lenguajes y todo el folklore de sus tierras africanas, ellos se abrieron a mí porque me acerqué con respeto y educación…

Lydia Cabrera sobre la fuente de sus libros

El poeta granadino el dedicó el famosísimo «La casada infiel», de su Romancero Gitano, con un enigmático «a Lydia Cabrera y a su negrita» mencionando a Carmela Bejerano, la doncella negra que había sido un apoyo indispensable para ella desde la infancia. Cuando estuvo en La Habana, el gran Federico, recibió los honores de asistir a un toque de santo gracias a los contactos de su amiga Lydia. Cultura con tradición se paga. Federico quedó fascinado por la energía de aquel ritual afrocubano que fue uno de los momentos cumbres de su travesía habanera.

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J.S. Baró, una de las fuentes de Lydia Cabrera, retratado por la autora

El Monte que vale un panteón

Aquella blanquita de clase media, que vivía junto a su compañera de vida María Teresa Titina de Rojas (1902-1987?) en la Finca San José -cercana al barrio de Pogolotti-, consiguió que los babalawos, los abakúas-ñáñigos y los africanos ancianos le abriesen el poderoso herraje de la tradición cultural y machista que entrañaban sus rituales. Es El Monte (1954) el libro que necesitaba la religión afrocubana, en aquel momento, para afianzarse en un ambiente cultural que en aquel momento aún no les miraba a los ojos a la misma altura.

Portada de El Monte Lydia Cabrera( Changó-Santa Bárbara)

Independientemente de las incorrecciones que pueda tener el libro continúa siendo de obligada lectura para todos aquellos amantes del legado africano en Cuba y de la síntesis de este en la idiosincrasia del cubano más allá del color de su piel. La pureza del estudio de doña Lydia Cabrera permitió que sea este un libro que se lee con la voz de aquellos hombres que guardaron con celo y orgullo sus tradiciones por generaciones en una tierra que no les hizo sentir bienvenidos hasta pasados varios decenios.

Gastón Baquero fue uno de sus grandes amigos y le dedicó el poema La Charada para Lydia Cabrera y este texto aparecido en La Fuente Inagotable (1995) escribía sobre Lydia Cabrera de la siguiente manera.

Pienso en la buena compañía que nos dio Lydia Cabrera. Nos acompañó un número de años que puede parecer grande para quienes creen que el almanaque mide la misteriosa realidad de una persona, pero es pequeño para quienes necesitamos, por falta de valor y de religiosidad, sentirnos agradablemente acompañados, no estar solos a la intemperie. Darnos compañía unos a otros nos libra de sentir el pavor del vacío que media entre la tierra y los cielos.

 EL DON DE LA COMPAÑÍA
 Hay personas que vienen al mundo con el don y la capacidad o misión de dar compañía, de servirles a los demás de conjuro contra la soledad cósmica y contra el miedo al vacío. Esas personas maravillosas amueblan mundo. Son como islotes encendidos en medio del tenebroso océano, y a ellas se acogen los náufragos.

Fascinados por la energía espiritual de esos seres, se echan a vivir sin congoja y sin temor a que la nave vuelva a hundirse. Lydia era así. Al saber que ella ha reemprendido el camino, no he sentido tristeza alguna. Vino a visitarnos cargada de dones, trajo regalos maravillosos, y los fue entregando con una sonrisa, con exquisita amabilidad natural, es decir, concedida por el cielo.

Y después de volcar la cornucopia y dejarnos el sendero iluminado interna y gozosamente ha ido. Eso es todo. ¿Lamentar que la estación de partida no fuera su isla? Un exiliado excepcional, Séneca, se consoló así mismo en ocasión parecida, y nos dejó a todo el poderoso consuelo: «En cualquier punto de la tierra donde nos hallemos —decía— estamos siempre a la misma distancia de las estrellas». 

No existía hasta entonces ningún libro tan ambicioso y poético como El Monte y debe verse de esta manera, como un testimonio de aquellos analfabetos hombres que no sabían de letras pero sí de honradez y amor a la herencia que les era negada. Aquellos religiosos guardaron con sumo cuidado muchas de aquellas leyendas y tradiciones al punto que algunas de ellas no han sufrido apenas modificaciones al contrario de lo que ha ocurrido en muchas zonas de Nigeria y el Congo.

Dibujo con notas de Lydia Cabrera
Dibujo con notas de Lydia Cabrera

La sociedad secreta Abakuá, narrada por viejos adeptos fue en sus propias palabras el más importante y difícil de los que escribió. Aquellas confesiones le vinieron a ella de la mano de Calazan, un anciano negro que vivía en su Finca y facilitó a Lydia conversar con dos de los ñáñigos más reconocidos de aquella sociedad secreta fundada en 1830 por los negros esclavos. En su libro la escritora igualaba prácticamente a los ñáñigos con los códigos masones y eso fue del agrado de algunos miembros de la sociedad. Entre risas confesó Lydia en una entrevista «yo pensé que me iban a apuñalar por romper aquellos códigos ancestrales«.

Exilio

En 1960 durante un viaje a Nueva York Lydia Cabrera recibió una llamada de confesión de unas amistades. Existían varias denuncias sobre las opiniones que ella había vertido sobre el gobierno revolucionario. Se quedó entonces en Estados Unidos con María Teresa Rojas y no volvieron nunca a La Habana. Entre idas y venidas a Madrid pasaron varios años hasta que se quedó en Miami definitivamente.

finca san jose
Quinta (Finca) San José

Atrás quedaba la Finca San José donde existían cientos de manuscritos del siglo XVI que María Teresa había ido reuniendo en su archivo personal, además de múltiples reliquias de arquitectura colonial que entre ambas había ido reuniendo en sus viajes por el país. Lydia Cabrera perdió miles de documentos pero eso no impidió que, una vez radicada, en Miami continuara su labor antropológica.

El 19 de septiembre de 1991, a los noventa y dos años de edad doña Lydia Cabrera fue a reunirse con los ancestros lucumíes a los cuales dio voz. No fue en Miami que su alma se separó de su cuerpo, como dice su certificado de defunción, sino que murió en La Habana, como confesó Isabel Castellanos (se puede leer aquí) en una entrevista.

Lydia Cabrera Reynaldo Arenas y Enrique Labrador Ruiz en 1984
Lydia Cabrera (en el centro) en una recepción realizada en 1982. Acompañada por Reynaldo Arenas (primero por la izquierda) y Enrique Labrador Ruiz (camisa blanca).

Castellanos: Fue corto, yo diría que una semana, fue muy corto su sufrimiento. Yo estaba la noche en que ella murió en FIU, tenía una clase pero la había visto mal, yo había llamado a
sus amistades más allegadas y les había dicho: Yo creo que esto es el final. Ella estuvo lúcida hasta el último momento, les dije: si ustedes quieren ver a Lydia, creo que ustedes tienen que venir y verla y efectivamente, mi tía me llamó antes de empezar mi clase, ella me dijo: Ven, no des la clase, ven para acá.

Yo había llamado a Merceditas Muriedas, su secretaria; ella está aquí en Miami, va a cumplir 90 años en estos días, en mayo. Ella vino y vino Raquel La Villa. Raquel se fue a su casa a traerle una almohada y Lidia murió en el tránsito de ella irse, vino también Pepe de Armas. Esa noche ella se fue como apagando poquito a poco y dejando de hablar. Muy tranquila muy serena, nada de angustia al contrario con una sonrisa, muy tranquila Muy serenita que estaba Lidia y, de momento me dijo… La Habana.

Cámara: ¿Qué dijo?

Castellanos: La Habana, muy bajito. La Habana, y yo le dije ¿qué cosa Lydia? La Habana. Le dije: ¿Usted está en La Habana? Y me dijo, sí, eso es lo último que dijo, ya de ahí duró un ratico y simplemente dejó de existir. Fue una cosa muy tranquila, muy serena. No sufrió absolutamente nada. Luego vinieron de la funeraria, ella había pedido que la cremaran.

Cámara: ¿Y ella también hizo cremar a María Teresa?

Castellanos: No, María Teresa está de cuerpo completo, están juntas en el nicho que tu viste en Woodland Cemetery, en la 8 y la 32. Ahí están, ahí están ellas dos

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