Antonio Machín, un rey del bolero cubano en Sevilla

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Equipo de Fotos de La Habana. Integrado por historiadores, periodistas y profesores.

enero 19, 2022

Hay una ciudad donde Cuba parece algo más que un murmullo evocado desde la nostalgia y Antonio Machín tiene mucha culpa de ello, mucha culpa de que en Sevilla los cubanos seamos tratados con afecto genuino (más aún del que profesan los andaluces, abiertos y cercanos como los «españoles de ultramar» que una vez fuimos los cubanos).

En esa ciudad que tiene sus símbolos inefables, con su patrimonio arquitectónico monumental, con su Giralda que corona el Giraldillo, con su Guadalquivir que cruza la ciudad antigua y moderna, con sus coplas, sus tablaos y su folklore colorido y pegajoso. En esa ciudad que no tiene igual en el mundo, encontró Antonio Abad Lugo Machín su hogar, desde que debutara en ella en 1941, estableciendo un vínculo que trasciende más allá de su deceso.

Allí se casó en la iglesia de San Luis de los Franceses, allí descansan sus restos mortales en una tumba de granito negro (como los angelitos a los que cantaba), allí se le rinde cada 4 de agosto un pequeño homenaje a quien, con sus boleros y sus sones, fue el paladín romántico en el hermético panorama musical de la España Franquista de los años de la posguerra; y allí, acaso porque los sentimientos no entienden de hechos puntuales como son dónde se nace o dónde se muere, tiene su lugar reservado en el corazón de los sevillanos (y españoles) como un andaluz más.

Sagua, La Habana, Nueva York, París, Barcelona… Sevilla

Antonio Machín paseó la magia de la música cubana por diversos escenarios del mundo. Hijo de gallego (su padre José Lugo era originario de Ourense) y de la cubana Leoncia «Mima» Machín (de raíces africanas) su arte tenía que servir de enlace entre dos sonoridades y lo consiguió.

«Basado en la temática del amor, la amistad y la solidaridad, con el ritmo del fox lento o el bolero. Su intérprete ideal es Antonio Machín».

Manuel Vázquez Montalbán, «Cancionero general del franquismo».


Desde pequeño en su Sagua la Grande (donde nació un 17 de enero de 1904*) tuvo claro lo que quería, ser cantante. Y, aunque compartió las rutinas del oficio de albañil, desde pequeño, para ayudar en una familia de 16 hermanos (algunas fuentes señalan 14 o 17, pero este dato que apuntamos proviene de una entrevista de la hija de Antonio Machín para CanalSur), siempre tuvo claro qué quería, por eso se marchó a La Habana, primero, y a Nueva York, después.

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Antonio Machín con su cuarteto

Fue Don Azpiazu y su maravillosa Orquesta del Casino Nacional, donde también colaboraba el fenomenal Arsenio Rodríguez, quienes le dieron una oportunidad seria. Rompiendo una barrera al convertirse en el primer cantante negro que se convertía en voz líder de una agrupación musical de blancos, en aquel mundo marcado por la división de razas aquel hecho abrió el camino a otros artistas, aunque solo pudiesen entrar en esos lugares solo como trabajadores.

Con Don Azpiazu en la Gran Manzana grabó en 1930 el éxito por antonomasia de esa década en la música cubana, «El manisero», esta pieza lanzó al gran público al Cuarteto Machín.

«El Manisero llegó»

La música cubana empezaba a despegar y Antonio Machín con su voz y su entendimiento de los «espectáculos de variedades» le daba al público lo que quería. En 1935 decidió probar suerte en Europa gracias a un contrato de un año en Londres.

De ahí pasó a París donde estaban grandes como Eliseo Grenet, Alejo Carpentier y donde los músicos cubanos cotizaban al alza gracias a Ernesto Lecuona, Alejandro García Caturla y sobretodo al éxito que tenía Le Cueva, el bullicioso lugar donde el trompetista Julio Cueva convidaba a lo mejor de los músicos cubanos.

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A ese París que era una fiesta llegaron los guturales estruendos de la pólvora, antesala de la funesta Segunda Guerra Mundial. En la desbandada que antecedió a la entrada de los nazis a la «Roma cultural del siglo XX» al cantante Antonio Machín no le quedó otra que irse a Barcelona.

Y de ahí a Madrid donde algunas zarzuelas cubanas de Grenet, Roig y Lecuona tenían éxito, mientras en el teatro las obras de Hernández Catá y Marquina tenían cierto reconocimiento, y en general, pese al franquismo imperante, los cubanos eran bien recibidos. Aunque en aquel momento lo normal era el viaje que hacían «los indianos» como el padre de Antonio Machín.

Antonio Machín, vuelta a la raíz

España estaba deprimida tras la guerra civil y las purgas de Franco. Había poco espacio para la alegría en aquella cerrada y católica sociedad, pero Antonio Machín tenía un objetivo y un deseo, triunfar.

Llegaría a Sevilla donde residía uno de sus hermanos, Juan Gualberto plomero y albañil que llegó para trabajar en la construcción del pabellón de Cuba en la Expo de Sevilla de 1929 y decidió quedarse. Era la navidad de 1941 y Antonio Machín se daba a conocer en la ciudad que le robaría el corazón y le daría las mayores alegrías de su vida. «Quiero que me entierren en Sevilla», pidió más de una vez.

Allí se había casado un 10 de junio de 1943 con el amor de su vida, la cordobesa Angelita Rodríguez con la cual seguirá unido hasta su deceso el 4 de agosto de 1977.

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Pero Sevilla le daba todo, así que él quiso devolverle algo y se unió a la cofradía de Los Negritos, cercana a la residencia de su hermano Juan, quién llegaría a ser el único mulato miembro de la junta en el siglo XX. Se convirtió rápidamente Antonio Machín en un personaje popular (que no famoso, pues lo famoso es temporal y lo popular eterno) en aquella Sevilla.

Pero no fue ajeno a los tropiezos en aquellos primeros años, más allá del Manisero, Mamá Inés y algunos boleros y sones puntuales, las zarzuelas criollas eran lo más conocido de la música cubana que llegaba a España, más reticente que la cosmopolita escena parisina.

«Tuve que pelear mucho y recorrer casi todos los pueblos de España haciendo bolos hasta que logré situarme y darme a conocer. En los cafés-cantantes alternaba con cantaores y con violinistas que casi siempre interpretaban las Czardas de Vittorio Monto. Yo, a lo mío y sin dejar de la mano mis queridas maracas».

Antonio Machín en una entrevista

Sin embargo ya antes de colapsar el mercado en el año 1946 con Toda una vida, del que se vendieron cerca de 47 mil discos, encontró su sitio Antonio Machín actuando con Los Miuras de Sobré y alternando su presencia en galas y eventos en Madrid donde además de su color se notaba la fuerza de su voz que lo distinguía entre el resto de los artistas de la época.

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En el año 1947 llegó Angelitosos negros quizás la más icónica y reconocida de sus interpretaciones. Tras este éxito vendrían varios convirtiéndose en el rey de la canción romántica de los años cuarenta y cincuenta. Tras un ligero ostracismo en la década siguiente, volvería a recuperar su posición en los años setenta gracias a la televisión donde se captaba mejor su capacidad de showman, siendo un asiduo de los especiales de Nochevieja.

Su repertorio y su corazón, eminentemente cubanos, se forjaron y consolidaron residiendo fuera de su patria, pues los avatares de la vida le llevaron a residir lejos del país que emanaba de su garganta.

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Antonio Machín volvería a Cuba en 1958 para visitar a su familia en compañía de su esposa. Sería la última vez que recorrerá las calles de La Habana. En la imagen se encuentra en un show promocional del Ron BACARDÍ.

Haciendo valer la canción «Mi ángel protector» de marcado carácter autobiográfico que dice:

"Todo el mundo se pregunta 
Qué sucede con Machín,
Que el tiempo va transcurriendo 
Y su voz no tiene fin. 
La razón es bien sencilla,
El trabajar con tesón,
Y tener un ángel negro 
Qué se lo pidió a mi Dios".

Desgraciadamente ocurrió lo que parecía imposible y en junio de 1977 la voz de Antonio Machín falló durante una actuación en Alcalá de Guadaira. Semanas después fallecía en su residencia de Madrid. Aunque han pasado más de cuarenta años SU Sevilla no le olvida.

En el año 2006 se levantó una estatua del cantante cercana a la cofradía de Los Negritos que tanto quiso, por si esto no era suficiente, la calle dónde tenía su chalet y donde residía por largas temporadas fue bautizada con el nombre «Calle de Antonio Machín».

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Suya fue la alegría y el amor de años oscuros y donde las heridas estaban abiertas tras una guerra civil desgarradora. Este cubano tiene en Sevilla lo que no le han dado en La Habana, una calle, homenajes constantes cada 4 de agosto y el recuerdo nostálgico de miles de admiradores (más de cien mil usuarios escuchan su música mensualmente en Spotify) .

*- Algunas fuentes señalan el 11 de febrero como su natalicio.

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